
Por Odilia Sandoval
Experta en Autocuidado Consciente con Mindfulness Aplicado y Metodologías
Vivenciales
La autocompasión no nos vuelve frágiles; nos vuelve emocionalmente resilientes.
Durante años se nos ha enseñado —de forma explícita o implícita— que la dureza nos
hace fuertes. Que exigirnos más, es sinónimo de éxito. Que ser amables con nosotras
mismas equivale a ser débiles, conformistas o poco comprometidas con nuestro
crecimiento.
Sin embargo, después de haber experimentado varios procesos de crecimiento personal y
de acompañar a mujeres adultas en sus propios procesos, puedo afirmar con claridad
algo que hoy confirma la ciencia: la autocompasión no nos vuelve frágiles; nos vuelve
emocionalmente resilientes.
Vivimos en una cultura que aplaude el rendimiento constante, la multitarea y la
autoexigencia, especialmente en las mujeres. Somos profesionales, cuidadoras, líderes,
hijas, madres, parejas… y muchas veces, nuestras más duras juezas de nosotras
mismas. En este contexto, la autocompasión no es un lujo emocional: es una necesidad
urgente.
¿Qué es realmente la autocompasión (y qué no es)?
La autocompasión no significa lástima, victimismo ni resignación. Tampoco es justificar
conductas que nos dañan. Desde el enfoque del Mindfulness (Kabat-Zinn 2013), la
autocompasión implica tres elementos clave:
- Amabilidad hacia una misma, aceptar lo que estamos sintiendo, especialmente
en momentos de error, cansancio o dificultad. - Humanidad compartida, es decir, reconocer que equivocarse, sentirse
insuficiente o vulnerable es parte de la experiencia humana, no un defecto
personal. - Atención consciente, la capacidad de observar lo que sentimos y necesitamos
sin juzgarlo ni reprimirlo.
Cuando una mujer desarrolla autocompasión, deja de pelear consigo misma. Y cuando
esa lucha interna se detiene, la energía que antes se perdía en la autocrítica se
transforma en claridad, regulación emocional y acción consciente.

Foto tomada de Freepik
La autocrítica: un hábito normalizado que desgasta
Muchas mujeres creen que su voz crítica interna es la que las ha llevado lejos. “Si no me
presiono, me estanco”, me dicen con frecuencia.
La evidencia muestra lo contrario: la autocrítica crónica activa los mismos circuitos
cerebrales del estrés y la amenaza, elevando el cortisol y debilitando la capacidad de
tomar decisiones acertadas.
He visto mujeres brillantes paralizadas no por falta de capacidad, sino por exceso de juicio
interno. La autocrítica: no corrige, castiga; no motiva, agota; y a largo plazo, erosiona la
autoestima, la salud emocional y el bienestar físico.
La autocompasión como músculo emocional
Un músculo se fortalece con práctica consciente y repetición, no con violencia. Lo mismo
ocurre con la autocompasión.
No nace de forma automática porque muchas no fuimos educadas para hablarnos con
respeto emocional. Sin embargo, se puede entrenar.
Cada vez que una mujer elige decirse:
“Esto es difícil, y aun así puedo acompañarme con amabilidad”, está fortaleciendo ese
músculo interno que le permite sostenerse en la adversidad sin romperse.
Desde mi experiencia, cuando las mujeres comienzan a practicar autocompasión, ocurre
algo profundo:
– Se regulan mejor emocionalmente.
– Se relacionan con menos culpa y más límites.
– Se atreven a cambiar sin violencia interna.
Autocompasión y responsabilidad: un falso dilema
Existe el mito de que ser compasiva con una misma nos vuelve egoístas. En realidad,
sucede lo contrario.
La autocompasión no elimina la responsabilidad; la vuelve sostenible.
Cuando una mujer se trata con respeto emocional, puede reconocer errores sin
derrumbarse, corregir sin castigarse y avanzar sin agotarse. La responsabilidad que nace
de la autocompasión es madura, consciente y alineada con el autocuidado.
Por qué hoy es imprescindible fortalecerla
En un mundo acelerado, incierto y altamente demandante, la autocompasión se convierte
en una herramienta de salud mental, liderazgo emocional y bienestar integral.
Especialmente en mujeres mayores de 40, que atraviesan cambios vitales, hormonales,
profesionales y existenciales, la autocompasión es un ancla de estabilidad interna.
No podemos seguir pidiéndonos más sin ofrecernos sostén y cuidado primero.
Conclusión y llamada a la acción
Fortalecer la autocompasión es un acto de valentía emocional. Es cuestionar el mandato
de dureza, romper el pacto con la autoexigencia destructiva y elegir una forma más
humana de crecer.
Mi invitación es clara y concreta:
Empieza hoy observando cómo te hablas, que te dices cuando te equivocas, cuando te
cansas, cuando no logras.
Ahora te invito a cambiar:
El juicio por presencia.
La exigencia por amabilidad.
El castigo o culpa por aprendizaje.
Porque una mujer que se acompaña con compasión no se vuelve menos capaz.
Se vuelve más libre, más clara y profundamente más fuerte.
Y ese, sin duda, es el músculo emocional que el mundo necesita que fortalezcamos
juntas.
Referencia
Kabat-Zinn, J. (2013). Mindfulness para principiantes. Editorial Kairós.
