“Tenemos el poder de transformar nuestra realidad a través de la mirada. Usemos las imágenes no para atarnos al pasado ni para juzgar nuestros cuerpos con crueldad, sino para tender puentes”.
A menudo me sorprendo preguntándome: ¿hasta qué punto lo que ven mis ojos moldea la realidad que respiro? He llegado a la conclusión de que caemos en una trampa al pensar que las imágenes son objetos planos, mudos e inertes. Mi experiencia me dice lo contrario: las imágenes no solo se ven; se sienten, se habitan, se comparten, dialogan y, fundamentalmente, se viven.
La memoria: ¿Ancla o mapa?
Durante mucho tiempo pensé que las fotografías eran únicamente guardianas de mi pasado, vehículos diseñados para transportar la emoción de los recuerdos. Y aunque es cierto, he descubierto un filo peligroso en esa nostalgia. A veces, siento que mis recuerdos son anclas que me atan a una realidad que ya se esfumó. Me aferro a historias caducas y, en ese intento desesperado por no olvidar, dejo de poner ladrillos en lo que podría construir hoy. Surge entonces una duda urgente en mi fuero interno: ¿Qué historias elijo conservar?¿Quiero que mis fotos sean un lastre que me impide avanzar o un mapa que me recuerda quién he sido para entender hacia dónde voy?
La batalla en la intimidad
La batalla más feroz, sin embargo, no ocurre en el álbum de fotos, sino en la intimidad del espejo. Nuestra mirada se construye a partir de la realidad en la que estamos inmersos y de los juicios que nos rodean. Por eso, cuando me observo a través de mi propia lente, rara vez veo la totalidad de lo que soy. Veo fragmentos aislados: la arruga nueva, el peso que incomoda, la cana que delata el tiempo. Desde esa intimidad sesgada, construyo una realidad aterradora donde mi cuerpo se siente como un enemigo.
El milagro de la mirada ajena
Y sin embargo, ocurre el milagro cuando cambiamos de perspectiva. Frente a la mirada del otro —ese amigo, esa pareja, ese familiar que nos quiere—, lo que destaca es una realidad completamente distinta. En las fotografías que nos toman quienes nos aman, la “imperfección” estética pasa a segundo plano. Ahí no importa la técnica ni el ángulo favorable; importa la conexión. Lo que esa imagen captura no es un cuerpo “gordo” o “viejo”, sino el momento compartido, la risa genuina y la calidez humana. Es entonces cuando entendemos que la falta de nitidez se compensa con la admiración de quien sostiene la cámara. Esa mirada ajena nos enseña a ser más amables con nuestra propia imperfección, recordándonos que somos mucho más que nuestros “defectos”.
Gigantes por derecho propio
Esta capacidad de la imagen para reconfigurar la autopercepción escala de lo individual a lo colectivo. Un ejemplo palpable es el proyecto Women are Heroes del artista JR.
Cuando el artista llegó a la favela Morro da Providência en Río de Janeiro, no lo hizo para documentar la miseria, sino para amplificar la dignidad. Colaboró en un acto de reconocimiento para captar los rostros de las mujeres locales —pilares invisibles que sostienen el tejido social en medio de la violencia— y pegó sus ojos y sonrisas en tamaños gigantescos sobre las fachadas de las casas y las escaleras. Al ver sus ojos y sus sonrisas ampliadas a escalas monumentales sobre las fachadas de sus casas, ocurrió algo potente: no fue el arte lo que las hizo grandes, el arte simplemente igualó el tamaño de la imagen con la magnitud que ellas ya tenían. Ya no eran habitantes de una “zona roja”; eran las guardianas, las protagonistas, las heroínas literales de su propio paisaje.
JR no transformó sus vidas; fueron ellas quienes, al verse reflejadas con tal dignidad, reafirmaron su papel como protagonistas de su historia. La imagen funcionó como un espejo inmenso que les devolvió la certeza de su propia fuerza, validando una identidad que el entorno intentaba negar.
Transformar desde la retina
Al final, todo se reduce a una decisión compartida: tenemos el poder de transformar nuestra realidad a través de la mirada. Usemos las imágenes no para atarnos al pasado ni para juzgar nuestros cuerpos con crueldad, sino para tender puentes. Ya sea para sanar nuestra autoestima o para reconocer la grandeza de nuestra comunidad, la invitación está abierta: empecemos a vernos —y a ver a los demás— con la misma compasión y altura con la que esas mujeres miran hoy desde las laderas de Río.
Fuentes:
1. JR. (s.f.). Women Are Heroes, Rio de Janeiro. JR Art. https://www.jr-art.net/projects/rio-de-janeiro

