“No vemos las cosas como son, las vemos como somos”.

A veces, al poner un pie en una ciudad que no es la mía, me asalta un vértigo silencioso. No es miedo, sino una extraña suspensión del ser; como si al cruzar una frontera geográfica, los bordes de mi propia identidad se volvieran difusos. Camino por calles cuyos nombres no sé pronunciar y siento que, por un instante, dejo de ser quien creo ser para convertirme en un mero espectador.
Es una sensación antigua, casi atávica. El ser humano siempre ha intuido que desplazarse no es solo un movimiento físico, sino una operación del espíritu. No viajamos simplemente para ver cosas nuevas, sino para que las cosas nuevas nos reescriban. Somos criaturas porosas, y es en el contacto con lo desconocido donde verdaderamente completamos nuestra propia cartografía.
La estrategia de la desaparición
Pienso a menudo en Italo Calvino, ese escritor que hizo del nomadismo no solo una biografía, sino una poética. Nacido en Cuba, criado en Italia, madurado en Francia; Calvino fue un eterno forastero. Hay una entrevista reveladora de 1974, conducida por Nereo Rapetti, donde vemos al autor caminar por un París invernal, con las manos en los bolsillos y la mirada atenta.
En esa conversación, Calvino suelta una confesión que resuena como un manifiesto: se nombra a sí mismo un “hombre invisible”. Pero cuidado, no habla de la invisibilidad de quien se esconde por timidez. Habla de la invisibilidad como metodología.
Para habitar realmente un lugar, uno debe renunciar al protagonismo. El turista llega e impone su presencia, su ruido, sus juicios; el verdadero viajero —el corresponsal de la vida— se vuelve transparente. La invisibilidad es la única forma de dejar que el mundo nos atraviese. Solo cuando el “yo” guarda silencio, el entorno empieza a hablar. Calvino nos enseña que para encontrar la esencia de lo ajeno, primero debemos tener la valentía de desaparecer un poco.
El mundo en un grano de cuarzo
Es bajo esta premisa de “ojo invisible” que se entiende una de sus obras más fascinantes: Colección de arena. En ella, Calvino describe una visita a una exposición de colecciones insólitas, deteniéndose ante un hombre que ha dedicado su vida a guardar arena de todo el mundo en frascos de cristal.
¿Qué impulsa a alguien a atesorar polvo? A primera vista parece absurdo, pero si agudizamos la mirada, encontramos una verdad profunda. La arena es el residuo final del mundo; es la montaña erosionada, el tiempo triturado, la experiencia reducida a su mínima expresión.
Al habitar diferentes contextos, no podemos traernos la inmensidad completa. No me puedo traer el templo de Kioto, ni la pirámide de Teotihuacán, ni el atardecer en el Sena. Lo que nos traemos es la “arena”: esa partícula esencial, ese fragmento minúsculo que se nos queda pegado en la suela y en la memoria. Calvino entendió que la vida es un proceso de erosión y recolección. Nos encontramos a nosotros mismos no en las grandilocuencias, sino en los detalles; en lo pequeño que logramos salvar del olvido.
El espejo de lo extraño
Aquí reside la paradoja del viajero: nos vamos lejos para entender lo que está cerca. En su crónica, Calvino sugiere que el mundo exterior funciona como un inmenso jeroglífico de nuestra propia psique. Al descifrar una ruina en México, no está haciendo arqueología de la piedra, sino del alma. Lo que era extraño y ajeno se convierte, de pronto, en un espejo. Es ahí donde una sentencia demoledora cobra vida: No vemos las cosas como son, las vemos como somos.
Cuando habitamos lo desconocido con la guardia baja, permitimos que una parte de nosotros —esa que estaba dormida en la rutina de casa— despierte. Reconocemos nuestra angustia en el caos de un mercado lejano, o nuestra paz en el silencio de un jardín. Lo que antes era “el otro”, ahora es parte de “lo nuestro”.
Conclusión: La esencia nómada
Cierro el libro de Calvino y miro a mi alrededor. Entiendo ahora que no somos seres estáticos, ni estamos definidos únicamente por el lugar donde nacimos. Somos una colección viva de todos los sitios donde nos atrevimos a ser invisibles.
La esencia humana se construye en ese tránsito. Llegamos a lo desconocido como extraños, lo habitamos desde el silencio y, al marcharnos, ya no somos los mismos. Nos llevamos, en algún rincón secreto del pecho, el frasco de arena de esa experiencia. Y así, poco a poco, el mundo deja de ser un mapa ajeno para convertirse en nuestra propia casa. Nos hemos disuelto en él, y él se ha vertido en nosotros.
Fuentes:
1. Archivo Histórico. (06 de abril de 2015). Entrevista a Italo Calvino, 1974 (Pliego Suelto) [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=OegFh4vwExI
2. Calvino, I. (2001). Colección de arena. Siruela.
