Respirar aire contaminado tiene consecuencias que van mucho más allá de los problemas respiratorios. Evidencia científica demuestra que la mala calidad del aire daña múltiples órganos y sistemas del cuerpo humano, generando efectos silenciosos pero acumulativos.
Investigaciones médicas indican que las partículas contaminantes microscópicas, como las PM2.5, pueden atravesar los pulmones y llegar al torrente sanguíneo, lo que provoca inflamación crónica y eleva el riesgo de enfermedades cardiovasculares, incluyendo infartos y eventos cerebrovasculares.
El impacto también se extiende al sistema nervioso. La exposición constante a contaminación atmosférica se ha vinculado con problemas de memoria, ansiedad, depresión y un mayor riesgo de padecimientos neurodegenerativos. En menores de edad, estos contaminantes pueden afectar el desarrollo cognitivo y el rendimiento escolar.
Otros estudios alertan sobre alteraciones en el sistema hormonal y reproductivo, con efectos en la fertilidad y el embarazo. Asimismo, la contaminación debilita el sistema inmunológico, haciendo al organismo más vulnerable a infecciones.
Especialistas subrayan que los daños no siempre son inmediatos, pero sí persistentes, por lo que llaman a fortalecer medidas de protección personal y políticas públicas que garanticen aire limpio. Cuidar la calidad del aire es una inversión directa en la salud de la población, concluyen.

