Ya no buscamos lo auténtico, buscamos lo que “funciona” en el algoritmo.


Desde su irrupción en el escenario mundial a principios del siglo XIX, la fotografía se erigió
como la herramienta por excelencia para el registro de la cotidianidad humana. En sus
inicios, concebida bajo un rigor casi científico y documental, la captura de una imagen era
un proceso lento, costoso y casi milagroso. Su evolución, sin embargo, ha sido vertiginosa:
lo que comenzó como una curiosidad técnica reservada para pocos o para capturar
solemnemente la realidad familiar en ocasiones especiales, hoy inunda museos, galerías y,
sobre todo, nuestros bolsillos. La fotografía se ha consolidado como un arte autónomo y
democrático, pero este acceso ilimitado ha traído consigo un efecto secundario inesperado.
Ante la saturación visual que nos asfixia —donde se suben miles de millones de fotos a
internet cada día—, surge una interrogante ineludible: ¿cuál es realmente la función de la
fotografía en la sociedad contemporánea?
Si bien las respuestas varían según a quién se le pregunte, la naturaleza profunda del
medio permanece inalterable: capturar un fragmento de tiempo único e irrepetible para
volverlo tangible. Tal vez, la fotografía no sea otra cosa que la respuesta tecnológica a la
obsesión histórica del ser humano por vencer a la muerte y al olvido. Es un intento
desesperado por materializar lo efímero, por decir “yo estuve aquí” o “esto existió”. No
obstante, en el tránsito hacia la modernidad digital, parece que hemos traicionado ese
propósito sagrado. En lugar de usar la cámara para recordar, la usamos para olvidar más
rápido, delegando nuestra memoria a un disco duro que rara vez volvemos a consultar.
La agonía del aura
Hoy nos enfrentamos a una verdadera crisis de la observación. A diario se producen
cataratas de imágenes repetidas, mecánicas y despojadas de significado profundo. Para
entender esto, es útil retomar al pensador Walter Benjamin, quien profetizó con gran acierto
que toda obra de arte poseía originalmente un “aura”. Esta aura no era otra cosa que la
manifestación irrepetible de una lejanía, la singularidad de la obra original vinculada a su
“aquí y ahora”. Benjamin advertía que la reproducción técnica —hacer copias masivas—
desgastaba esa aura hasta disolver su esencia.
En nuestro contexto actual, esta pérdida es absoluta. Vivimos bajo el imperio del consumo
masivo, inmediato y desechable. ¿Realmente nos detenemos a capturar la esencia de lo
que tenemos frente a nosotros? La respuesta, lamentablemente, tiende a ser negativa.
Hemos sustituido la calidad de la mirada por la cantidad de archivos. Fotografiamos con
voracidad sin haber observado previamente, arrebatándole al momento su carga
significativa. Ya no miramos la foto impresa con nostalgia; hacemos scrollen una pantalla
brillante sin sentir nada.
De la testificación a la rapiña visual
El problema reside en una mutación peligrosa del uso cotidiano de la cámara: hemos
pasado de utilizarla para certificar la realidad a usarla para apropiarnos de ella. En esta
vorágine, las fronteras éticas se desdibujan. La escritora Susan Sontag, en su obra Sobre la
fotografía (1977), nos advertía con una lucidez cortante que fotografiar es, esencialmente,
un acto de no-intervención y, a menudo, de agresión. Bajo la lógica del consumo, la cámara
deja de ser un instrumento de empatía para convertirse en una herramienta de “rapiña”. El
turista que fotografía a una persona en situación de calle sin pedir permiso, o aquel que
graba un incidente sin hacer algo más al respecto, son pruebas de esto.
A través de la lente, el sujeto fotografiado se cosifica; las personas dejan de ser
protagonistas de su propia historia para transformarse en meros accesorios de la
experiencia del fotógrafo. Nos hemos insensibilizado ante lo que vemos, utilizando el
dispositivo móvil no como un puente para entender el mundo, sino como un escudo
protector. La pantalla nos separa de la realidad, permitiéndonos consumirla como un
espectáculo sin que nos afecte emocionalmente.
La tiranía de la expectativa digital
La prueba más clara de esta degradación la encontramos en la arquitectura misma de las
redes sociales. Plataformas como Instagram, TikTok o Pinterest han masificado una estética
homogeneizada, generando una expectativa visual que el usuario se siente obligado a
cumplir. Ya no buscamos lo auténtico, buscamos lo que “funciona” en el algoritmo. Los
espacios, los viajes y los cuerpos ya no se viven; se escenifican. Vemos filas de personas
esperando para tomarse la misma foto, en el mismo columpio, con la misma pose,
ignorando por completo el paisaje que los rodea.
Se prioriza la validación externa de la experiencia —los “me gusta”— sobre la experiencia
misma. El individuo contemporáneo llega a un paisaje sublime, como una puesta de sol o
una montaña imponente, y en lugar de permitir que la magnitud del entorno lo conmueva,
interpone inmediatamente la pantalla del dispositivo. Siente ansiedad si no lo registra. Se ha
dejado de lado el acto de sentir para dar paso al acto de compartir. Hemos olvidado que la
fotografía, en su forma más pura, debería ser el resultado de una contemplación profunda, y
no el sustituto de la vida. Si no está en la red, parece que no sucedió, y esa es una trampa
existencial terrible.
Conclusión: El retorno al instante decisivo
Es urgente recuperar la pausa. Debemos volver a educar la mirada para entender que la
fotografía no puede seguir siendo un acto de consumo voraz y automático, sino que debe
regresar a ser un ejercicio de profunda reflexión. Frente a la inercia de la reproducción
masiva —donde miles replican la misma imagen vacía una y otra vez—, la verdadera
rebeldía reside en la capacidad de detenerse, de bajar la cámara y mirar.
Debemos reivindicar el legado del maestro Henri Cartier-Bresson y su búsqueda del
“instante decisivo”. Él definía la fotografía como esa fracción de segundo fugaz donde la
cabeza, el ojo y el corazón se alinean sobre un mismo eje. No se trata de disparar ráfagas
con la esperanza de que una salga bien por suerte. Solo a través de la paciencia podemos
dejar de producir copias vacías para comenzar a atesorar lo irrepetible. La fotografía debe
dejar de ser una barrera entre nosotros y el mundo para convertirse, nuevamente, en el
testimonio sagrado de un tiempo que jamás volverá. Antes de hacer clic, respiremos,
observemos y sintamos; solo entonces la imagen tendrá alma.
Edson Reyes
Fotógrafo documental y gestor cultura
Fuentes:
- Benjamin, W. (1936). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica.
[Archivo PDF]. Universidad Complutense de Madrid. Recuperado de
https://www.ucm.es/data/cont/docs/241-2015-06-06-
Textos%20Pardo_Benjamin_La%20obra%20de%20arte.pdf - Sontag, S. (1977). On Photography. Farrar, Straus and Giroux. (Edición en español:
Sobre la fotografía. Alfaguara, 2006).
