La violencia silenciosa: cómo detener la autocrítica excesiva y el diálogo interno que te lastima.

Por Odilia Sandoval
Experta en Autocuidado Consciente con Mindfulness Aplicado y Metodologías Vivenciales

La voz que más te exige no siempre te impulsa: muchas veces es la que más te violenta.

Cuando hablamos de violencia solemos pensar en actos visibles: gritos, golpes, abuso de poder, discriminación explícita. Sin embargo, Johan Galtung, uno de los grandes teóricos de la paz, amplió esta mirada al proponer que la violencia no siempre es evidente ni ruidosa. Existe una violencia estructural y cultural que opera de manera silenciosa, normalizada y profundamente dañina.

Desde esta perspectiva, sostengo una idea que incomoda pero libera: la autocrítica excesiva y el diálogo interno hostil son una forma de violencia silenciosa ejercida hacia uno mismo. No deja moretones visibles, pero erosiona la autoestima, la salud emocional y la capacidad de vivir con plenitud.

Este tipo de violencia es muy frecuente hoy en día, especialmente en profesionales quienes han aprendido a exigirse más de lo humanamente sostenible. Comprender esta dinámica es el primer paso para transformarla.

Galtung distingue tres tipos de violencia:

  1. Violencia directa, visible y concreta.
  2. Violencia estructural, inscrita en sistemas que generan desigualdad y sufrimiento.
  3. Violencia cultural, formada por creencias, valores y narrativas que justifican o normalizan la violencia.

Foto tomada de Freepik

Si trasladamos este modelo al mundo interno, encontramos un paralelismo revelador. La autocrítica constante no surge de la nada: es el resultado de estructuras culturales que glorifican la exigencia, el sacrificio y la perfección.

Cuando una persona se dice “no soy suficiente”, “debería poder con todo” o “si descanso, fracaso”, está reproduciendo una violencia cultural interiorizada que se convierte en violencia directa contra sí mismo.

La autocrítica como violencia directa interior

El diálogo interno hostil actúa como una forma de agresión cotidiana. No grita, pero insiste. No golpea, pero desgasta.
Cada pensamiento de desvalorización es un microataque al sistema nervioso, que responde activando estados de alerta, estrés y contracción emocional.

Desde la neurociencia sabemos que el cerebro no distingue entre una amenaza externa y una interna. La voz crítica tiene el mismo impacto fisiológico que una agresión real. Por eso, muchas personas viven en un estado de tensión constante, incluso cuando “todo parece estar bien” en su vida.

Esta violencia directa interior se manifiesta en culpa crónica, miedo al error, autoexigencia extrema y dificultad para disfrutar.

La violencia estructural interiorizada

La violencia estructural, en términos de Galtung, ocurre cuando las condiciones impiden el desarrollo pleno de las personas. En el mundo interno, esto se traduce en creencias arraigadas que limitan el bienestar:

– “Valgo por lo que logro.”
– “Descansar es para los débiles.”
– “Si no me exijo, no avanzo.”

Estas estructuras internas no solo dañan emocionalmente, sino que sostienen patrones de agotamiento, ansiedad y desconexión corporal. He acompañado a valiosos seres humanos competentes que no saben descansar sin culpa ni celebrar sin minimizarse. No es falta de conciencia; es violencia estructural internalizada.

La violencia cultural y su normalización

Quizá la forma más peligrosa de esta violencia es que está socialmente validada. Vivimos en una cultura que aplaude la autoexigencia, romantiza el cansancio y premia la hiperproductividad.

Desde pequeños aprendimos que ser “buenos” implica callar, cumplir, sostener y no fallar. Esa narrativa se convierte en un juez interno implacable que vigila cada paso.

Aquí mi postura es clara: mientras no cuestionemos esta violencia cultural, seguiremos llamando disciplina a lo que en realidad es autoagresión emocional.

Detener la violencia: del juicio a la conciencia

Galtung propone que la paz no es solo ausencia de violencia directa, sino presencia de justicia, conciencia y cuidado. Aplicado al mundo interno, detener la violencia silenciosa implica desarrollar una cultura de paz interior.

El primer paso es hacer visible lo invisible. Escuchar el diálogo interno sin juzgarlo ni pelear con él. Nombrarlo. Reconocer que esa voz no es la verdad, sino un aprendizaje condicionado.

El segundo paso es sustituir el castigo por responsabilidad compasiva. No se trata de dejar de crecer, sino de dejar de lastimarse en el proceso.

Prácticas como el mindfulness y la autocompasión permiten crear un espacio entre el pensamiento y la identidad. En ese espacio nace la posibilidad de elegir una respuesta más amable y efectiva.

Una postura personal: la paz empieza en casa

Desde mi experiencia como facilitadora y acompañante de procesos emocionales, afirmo que no puede haber paz social sin paz interior. Un ser humano que vive en guerra consigo mismo difícilmente puede habitar relaciones, decisiones y liderazgos desde la calma.

La autocompasión no es indulgencia, ni debilidad; es una forma profunda de justicia interna. Es negarse a reproducir la violencia que el sistema ya ejerce sobre nosotros.

Conclusión: una invitación consciente

Detener la autocrítica excesiva es un acto emocional y profundamente humano. Es elegir no seguir perpetuando una violencia que aprendimos, y que ya no necesitamos.

La invitación es sencilla y radical a la vez:
Observa cómo te hablas, cuestiona esa dureza y empieza a construir una cultura de paz dentro de ti.

Porque cuando uno deja de violentarse internamente, algo se reordena no solo en su vida, sino en el mundo que toca.

Y esa, quizá, es la forma más silenciosa y poderosa de transformación. 

Fuente

Galtung, J. (2003). Violencia cultural. En Paz por medios pacíficos: paz y conflicto, desarrollo y civilización (pp. 11–33). Bilbao: Bakeaz.

Galtung, J. (2003). Violencia, paz e investigación sobre la paz. En Paz por medios pacíficos: paz y conflicto, desarrollo y civilización (pp. 35–67). Bilbao: Bakeaz.

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