Servir al pueblo exige preparación: el Humanismo Mexicano frente a la corrupción silenciosa  

Asumir un cargo de representación pública sin la capacitación ni la preparación necesarias es, a mi juicio, una de las formas más profundas y dañinas de corrupción. No siempre deja rastros visibles ni provoca escándalos inmediatos, pero sí erosiona la vida institucional y debilita la confianza ciudadana. Desde la visión del Humanismo Mexicano, no se trata de un simple error administrativo: es una falta ética que coloca al cargo por encima de las personas y al poder por encima del mandato popular.

Creo firmemente que el centro de la acción pública debe ser la dignidad humana. Gobernar no es mandar; es servir. Representar no es figurar; es asumir la responsabilidad de decidir con conocimiento, sensibilidad social y compromiso con el bienestar colectivo. Cuando alguien acepta una responsabilidad pública sin estar preparado, no sólo incumple una función técnica: rompe el pacto moral que existe entre la ciudadanía y sus representantes.

Durante años se nos hizo creer que la corrupción se limita al robo de recursos. Esa idea es cómoda, pero incompleta. La corrupción también ocurre cuando se gobierna desde la ignorancia, la improvisación o la indiferencia. He visto cómo la falta de preparación genera políticas públicas mal diseñadas, reglamentos ineficaces y decisiones que terminan afectando directamente la vida de las personas. La ignorancia en el ejercicio del poder no es neutral; tiene consecuencias reales.

En los espacios de decisión colegiada, como el cabildo, esta realidad se vuelve evidente. No basta levantar la mano para tomar decisiones; hay que analizar cada propuesta con pensamiento crítico y no sólo leer las leyes. Leer sin entender, votar sin analizar y aprobar sin debatir es abdicar de la función representativa. Cada voto que emitimos tiene un impacto directo en los servicios públicos, en el desarrollo del municipio, en el presupuesto y en la calidad de vida de la gente. Actuar a la ligera no es un error menor; es una irresponsabilidad.

Estoy convencido de que la ciudadanía no elige levanta dedos ni figuras decorativas. Elige representantes que piensen, que cuestionen y que defiendan el interés público. Cuando un servidor público guarda silencio por desconocimiento, evita el debate por falta de preparación o vota por consigna, deja de representar a la gente. Desde el Humanismo Mexicano, esta conducta es especialmente grave porque vacía de contenido a la política y deshumaniza la toma de decisiones.

El enfoque humanista me obliga a evaluar cada política pública por su impacto en las personas, sobre todo en quienes se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad. Aprobar presupuestos sin análisis social, reglamentos sin diagnóstico o programas sin evaluación no sólo es ineficiente, es injusto. Cumplir con la ley es indispensable, pero no suficiente. Gobernar implica entender a quién beneficia y a quién afecta cada decisión. Sin conocimiento, no hay justicia posible.

Por eso sostengo que la profesionalización del servicio público no es una moda ni un capricho tecnocrático. Es una obligación ética. Capacitarme es respetar el voto que recibí. Prepararme es honrar la confianza ciudadana. Ejercer el pensamiento crítico no significa confrontar por confrontar; significa mejorar las decisiones colectivas y evitar errores que luego paga la sociedad. Un representante que estudia, pregunta y se asesora fortalece a las instituciones; uno que improvisa las debilita.

También sé que la preparación no se limita al conocimiento técnico o jurídico. Implica sensibilidad social, capacidad de escucha y comprensión del contexto histórico y cultural de la comunidad que represento. El Humanismo Mexicano propone un servidor público cercano a la gente, consciente de su realidad y capaz de traducir sus necesidades en decisiones responsables. Sin esa conexión humana, el poder se vuelve distante y ajeno.

Vivimos un momento en el que la ciudadanía exige resultados, transparencia y una política con sentido social. Elevar el estándar de la representación pública no es opcional; es urgente. No se puede transformar lo público con improvisación ni construir bienestar desde la ignorancia. El Humanismo Mexicano me recuerda que el poder sólo tiene legitimidad cuando se ejerce con conocimiento, responsabilidad y compromiso con la dignidad humana.

Aceptar un cargo sin estar preparado no es un error menor. Es una traición silenciosa al mandato popular. Combatir la corrupción, desde esta perspectiva, empieza por exigirnos más a quienes decidimos sobre lo público. Porque servir mal también es una forma de corrupción. Y porque no hay transformación posible sin representantes preparados, conscientes y profundamente comprometidos con las personas a las que decimos servir.

Dr. Rafael Chacón Villagrán.

Investigador y Especialista en Humanismo Mexicano.

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