
El 6 de febrero de 1971, la superficie lunar pasó de ser un terreno de exploración puramente científica a convertirse en el “green” más lejano de la historia. El protagonista fue Alan Shepard, comandante de la misión Apolo 14 y el primer estadounidense en viajar al espacio, quien decidió añadir un toque de deporte a su estancia en el cráter Fra Mauro.
Un golpe de ingeniería (y astucia)
Llevar un palo de golf a la Luna no era una tarea sencilla debido a las estrictas restricciones de peso y espacio de la NASA. Shepard, un apasionado del golf, tuvo que ser ingenioso: escondió la cabeza de un hierro 6 dentro de un calcetín y la llevó en su equipo personal. Una vez en la superficie, acopló la cabeza metálica al mango de una herramienta diseñada para recolectar muestras de suelo lunar.
Vestido con su voluminoso y rígido traje espacial, Shepard se enfrentó a un desafío técnico. Debido a la falta de movilidad del traje, no podía usar ambas manos para realizar un “swing” tradicional; tuvo que golpear las pelotas utilizando solo su mano derecha.
“Millas y millas y millas”
Bajo la baja gravedad lunar —que es solo un sexto de la terrestre, aproximadamente
$$1.622 m/s^2$$
— las leyes de la física se comportan de manera distinta. En el primer intento, Shepard falló y removió un poco de polvo lunar. Sin embargo, en el segundo y tercer golpe, logró conectar con las pelotas. Ante la cámara de televisión que transmitía en vivo a la Tierra, exclamó con entusiasmo que la pelota había viajado “millas y millas y millas”.
Aunque la falta de resistencia del aire y la baja gravedad favorecen distancias enormes, la realidad fue un poco más modesta que la exclamación de Shepard. Cálculos recientes realizados mediante imágenes de alta resolución de la sonda Lunar Reconnaissance Orbiter sugieren que la primera pelota viajó unos 22 metros, mientras que la segunda alcanzó una distancia de unos 400 metros. Aun así, para un golpe realizado con una sola mano y un traje presurizado, ¡es un récord impresionante!
Un legado que permanece
A diferencia de cualquier campo de golf en la Tierra, en la Luna no hay viento ni lluvia que alteren el paisaje. Esto significa que las dos pelotas de golf golpeadas por Shepard siguen exactamente en el mismo lugar donde aterrizaron hace más de 50 años. Se han convertido en artefactos históricos que esperan, en el silencio del vacío espacial, a que algún futuro visitante decida jugar la siguiente ronda.
Este momento no solo mostró el lado humano y lúdico de los astronautas, sino que también sirvió para demostrar, de forma muy visual, cómo las leyes de la física que aprendemos en los libros se manifiestan de forma espectacular cuando salimos de nuestro planeta.
