¿El arte es para todos? la realidad de nuestra burbuja cultural

“pensar con el arte no es un deporte extremo para intelectuales de fin de semana, sino el arma más afilada que tiene el barrio para no dejarse invisibilizar”

El aroma de febrero

Febrero en la Ciudad de México tiene un olor peculiar: huele a jacarandas prematuras, a tráfico desquiciado y, sobre todo, a ego inflado. Recientemente la sagrada temporada de la Art Week se hizo presente durante unos días, la capital se disfrazó del epicentro cultural del universo; los recintos feriales se llenaron de galeristas europeos, coleccionistas con lentes oscuros en interiores y tótems de arte contemporáneo que cuestan lo mismo que el PIB de un municipio pequeño. No faltaron los cortes de listón, los brindis con champaña en zonas VIP y las palmaditas en la espalda celebrando lo “vibrante” y “democrática” que es nuestra escena artística.

Pero les tengo una noticia que va a arruinar el after-party: el arte, tristemente, todavía no es para todos; caminando en la periferia he recorrido el asfalto buscando imágenes que resisten, intentando embellecer y dignificar la cotidianidad de los sectores que históricamente hemos metido debajo de la alfombra. Y desde esa trinchera, la calle no miente. Mientras en la Art Week debatimos sobre la deconstrucción del espacio vacío frente a una tela en blanco de veinte mil dólares, afuera hay un país entero al que nuestra “amplia oferta cultural” le pasa de largo. En esos pasillos esterilizados, la obra se consume, se cotiza y se combina con los muebles de la sala, pero rara vez se utiliza para cuestionar nuestra realidad.

El circuito nos ha convencido de que la reflexión estética es un club privado; nos han querido vender la idea de que, para procesar el mundo a través de la cultura, necesitas una maestría en artes y una invitación digital con código QR. Nos han secuestrado la idea de que la creatividad es, antes que nada, una forma de entender, criticar y darle sentido a nuestro propio entorno. Lo cierto es que, pensar con el arte no es un deporte extremo para intelectuales de fin de semana, sino el arma más afilada que tiene el barrio para no dejarse invisibilizar.

Menos performance y más palomitas

Si creen que exagero, dejemos la poesía y vayamos a la fría estadística. Según el Módulo sobre Eventos Culturales Seleccionados (MODECULT) 2024 del INEGI, a duras penas el 52.5% de la población adulta asistió a algún evento cultural en el último año. Es decir, a casi la mitad del país el arte no le roza ni la periferia. Y seamos brutalmente honestos: de ese cincuenta y tantos por ciento, la inmensa mayoría solo fue al cine a comer palomitas (lo cual es maravilloso, pero convengamos en que el teatro, la danza y la fotografía no están provocando precisamente avalanchas humanas en las taquillas).

La falta de inclusión en estos megaeventos es casi cómica. Creemos que por poner entrada libre un domingo por la mañana ya saldamos nuestra deuda histórica con la sociedad, esperando que el público de la periferia cruce mágicamente la ciudad para entender nuestras curadurías crípticas. Las cúpulas culturales a veces diseñan programas de “inclusión” con la misma naturalidad con la que un extraterrestre intentaría preparar tacos de suadero: hay buenas intenciones, pero cero conexión con el barrio.

Resistencia entre pacas y micheladas

Afortunadamente, frente a la tiranía del “cubo blanco” y los pasillos esterilizados de las ferias de arte, siempre surge la comedia de la resistencia. Hace poco me topé con un ejemplo que me devolvió la fe (y la sonrisa): la Galería Tianguis Neza.

Este proyecto, impulsado por Luis Valverde y David Azael, juntos decidieron que si el mercado del arte no va a la calle, la calle se traga al mercado. ¿Qué hicieron? Montaron un espacio de exhibición, promoción e investigación de arte contemporáneo nada menos que en el tianguis de antigüedades de La Lagunilla. ¡Eso es poesía pura! Exhiben a artistas emergentes y consolidados ahí, cada domingo, entre pacas de ropa vintage, chácharas, coleccionistas despistados y transeúntes con michelada en mano. Su objetivo es “socializar el arte”, bajándolo del pedestal elitista para ponerlo a dialogar en un esquema horizontal, caótico y profundamente vivo.

Bajarse del pedestal (y subirse al metro)

Ese es el tipo de gestión cultural que necesitamos. Iniciativas que no le tienen miedo al ruido, al regateo ni al sol del mediodía. Como creadores, tenemos que dejar de producir obras exclusivamente para adornar las paredes de la Art Week. Hay que salir a habitar la ciudad, reconocer la belleza de quienes han sido invisibilizados y entender que la cultura no es un favor condescendiente que le hacemos a la gente, sino un derecho que les hemos tenido secuestrado.

Mientras sigamos encerrados en nuestra burbuja de ferias exclusivas, el arte seguirá siendo un espejismo para pocos. Así que, la próxima vez que queramos hablar de inclusión y alcance cultural, salgamos del cóctel, tomemos el Metro, montemos una lona en el tianguis y dejemos que el mundo real nos salpique un poco.

Fuentes: Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2024). Módulo sobre Eventos Culturales Seleccionados (MODECULT) 2024. https://www.inegi.org.mx/programas/modecult/

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