Por: Annie Hernández G.
Presidenta de Mujeres Empresarias de Alto Impacto ASECEM (MEAI ASECEM) y Vicepresidenta del Consejo Cordinador Empresarial de Mujeres. (CCEM)

Cada 8 de marzo, las arterias principales de las ciudades del mundo experimentan una parálisis programada.
El flujo cotidiano del comercio, el transporte y la rutina se detiene ante una marea que no pide permiso para existir. Para quienes observan desde la barrera de la acera o a través de la vitrina de una pantalla, la pregunta suele repetirse con un matiz de incomprensión, a veces con fastidio: “¿Para qué marchan? ¿No hemos avanzado ya lo suficiente? ¿Por qué los gritos y el estruendo?”
Entender la marcha del 8M requiere un ejercicio de honestidad intelectual que vaya más allá del eslogan publicitario. No es una festividad, aunque haya música; no es un desfile de modas, aunque haya colores. Es, en su esencia más pura, un acto de auditoría social. Es el momento en que las mujeres salen a cobrar las facturas pendientes de un sistema que, en la teoría, promete igualdad, pero que en la práctica sigue operando bajo estructuras de exclusión y violencia.
La Seguridad como Derecho, no como Privilegio
La razón más primaria, y quizás la más dolorosa, es la supervivencia. En una sociedad que se jacta de su sofisticación tecnológica y democrática, las estadísticas de feminicidio y desapariciones siguen siendo una herida abierta que no cicatriza. Cuando una mujer marcha, lo hace cargando, a menudo, el nombre de otra que ya no puede caminar.
Marchan porque el espacio público sigue siendo un territorio de gestión de riesgos. Mientras que para un sector de la población caminar de noche hacia casa es un trámite mecánico, para el otro es una maniobra de supervivencia que incluye compartir ubicaciones en tiempo real y empuñar las llaves como armas improvisadas. La marcha es el único lugar donde ese miedo individual se transmuta en una fuerza colectiva. Se marcha para exigir que la justicia deje de ser un laberinto de revictimización y para que el Estado entienda que la seguridad no es un favor concedido, sino un derecho innegociable.
El Techo de Cristal y el Suelo Pegajoso.
Desde una perspectiva de marca personal y desarrollo profesional, la marcha es una protesta contra la hipocresía corporativa. Se marcha porque, a pesar de los discursos de “inclusión” en las redes sociales profesionales, la brecha salarial persiste de forma obstinada. Se marcha porque el “suelo pegajoso” esas tareas de cuidado no remuneradas y las expectativas domésticas tradicionales impide que miles de mujeres siquiera tengan la energía para soñar con el “techo de cristal”.
Entender la marcha es entender que el talento no tiene género, pero las oportunidades sí lo tienen. Las mujeres marchan para denunciar que el éxito profesional no debería exigir la renuncia a la vida personal, una exigencia que rara vez se le impone con la misma severidad a sus pares masculinos. Es un reclamo por una estructura laboral que valore la sostenibilidad humana por encima del agotamiento crónico y la presencialidad vacía.
La Invisibilidad del Cuidado
Uno de los puntos ciegos más grandes de nuestra economía es el trabajo de cuidados. Si mañana todas las mujeres que marchan decidieran un paro total en sus hogares limpiar, cocinar, gestionar la logística familiar, atender a enfermos y ancianos, el sistema financiero global colapsaría en cuestión de horas.
Ese trabajo, que sostiene la vida y permite que el resto del mundo sea “productivo”, es históricamente invisible y gratuito. Las mujeres marchan para que ese esfuerzo sea reconocido no con ramos de flores, sino con políticas públicas de corresponsabilidad. Se marcha para cambiar el paradigma: que el cuidado sea una responsabilidad social compartida y no una condena biológica impuesta por defecto.
La Recuperación de la Voz y la Iconoclasia.
Históricamente, la voz femenina ha sido catalogada como “histérica”, “emocional” o “exagerada” cuando señala una injusticia. Marchar es, por tanto, un acto de recuperación del lenguaje. Al gritar en la calle, las mujeres están validando su propio testimonio: “Mis palabras tienen peso, mis demandas son legítimas y mi presencia es política”.
Para quienes no logran descifrar las pintas en las paredes o la intervención de monumentos, es vital comprender la jerarquía de valores que se está planteando en el asfalto. ¿Qué valoramos más: el mármol de una estatua o la integridad física de una persona? La provocación de la marcha busca sacudir la indiferencia de una sociedad que suele escandalizarse más por una pared grafiteada que por un expediente de abuso archivado por negligencia. Es una invitación forzosa a revaluar nuestras prioridades éticas como comunidad.
Consistencia: Del 8 al 9 de Marzo.
Aquí es donde reside la verdadera prueba de fuego para nuestra marca personal y nuestra coherencia ciudadana. Entender por qué marchan es solo el primer paso. El segundo es preguntarnos qué hacemos nosotros cuando el asfalto se limpia y la marea violeta se retira.
La marcha es el recordatorio anual de que la equidad no es un evento de marketing, sino un proceso de desmantelamiento constante. Se marcha para que nosotros, en nuestras oficinas, en nuestras mesas de cena y en nuestras decisiones de liderazgo, dejemos de ser cómplices del silencio.
Se marcha para que, eventualmente, el 8 de marzo sea solo una fecha histórica de algo que ya no es necesario reclamar.
Conclusión: Un Espejo para la Sociedad.
La marcha del 8M no es una movilización contra los individuos, sino contra un sistema de privilegios obsoletos que limita el potencial de todos. Es un espejo donde la sociedad puede observar sus propias costuras deshechas.
Cuando vea a las mujeres marchar, no busque razones para el juicio rápido; busque razones para la escucha profunda. Marchan porque la palabra “igualdad” todavía no se ha convertido en realidad en sus vidas cotidianas. Marchan por consistencia, por ética y por un futuro donde el género sea una característica biográfica, no una limitación estructural.
Su libertad es el requisito indispensable para la libertad de todos. El impacto de ese día empieza realmente cuando quienes las vimos pasar decidimos que el mundo que ellas exigen es, en efecto, el único mundo en el que vale la pena vivir.
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