
“La verdadera disrupción para nosotros, los que históricamente hemos acaparado el discurso visual, es atrevernos a cuestionar el miedo que esconde nuestra propia forma de mirar”.
Resaca morada y trincheras reales
Se acabó la euforia morada. Las marcas guardaron sus logotipos violetas en el cajón y la agenda pública ha regresado a sus pugnas de siempre. Mientras el circo mediático de marzo se apagaba, yo andaba metido en una trinchera distinta: la gestión cultural de la 5ta Carrera de la Mujer con Causa, que este año destinó todos sus esfuerzos a apoyar al colectivo Buscadoras Guanajuato.
Mi labor ahí consistió en curar y organizar una muestra fotográfica donde el trabajo de varios colegas sirviera como una caja de resonancia. Buscábamos que las imágenes fueran un eco rabioso, pero profundamente digno, de aquellas mujeres que siguen resistiendo, de las que escarban la tierra con sus propias manos, y por supuesto, de las que ya no están. Aprovecho este espacio para agradecer públicamente a Eli y a toda su familia por echarse al hombro un proyecto de esta magnitud y por tener la apertura total para sumarme. Trabajar de cerca con esa realidad te sacude el privilegio desde la raíz.
El monopolio de la mirada
Fue justo en medio de esa vorágine, entre templetes, números de corredoras y testimonios que te rompen el alma, que me crucé en redes con el cartel de Maravillosas y Monstruosas, la actual exposición del Centro de la Imagen. Lo admito: no he pisado la sala. Pero el puro concepto del título me detonó una incomodidad brutal sobre los vicios de mi propio gremio y, para ser brutalmente honestos, sobre la soberbia de mi propio género.
¿Por qué un hombre está escribiendo sobre una resistencia que no le pertenece? Y la respuesta es simple: porque los hombres necesitamos de esos espejos para aprender a desarmar la estructura que nosotros mismos montamos. Para ello, es hora de leer a quienes han diseccionado nuestra trampa visual. Por ejemplo, si uno se asoma a la teórica del cine Bárbara Creed y su brillante concepto de “el monstruoso-femenino”, entiende rápido de qué va el juego.
Las brujas que inventó el patriarcado
En su obra, Creed desnuda con maestría cómo el cine —y por extensión el arte, acaparado históricamente por nosotros— se ha dedicado a construir a la mujer como una figura de terror no por ser una víctima, sino por ser una amenaza a las reglas del patriarcado. Los dueños de la cámara y del presupuesto nos inventamos una narrativa donde ellas solo cabían en dos vitrinas: la del ángel inmaculado o la de la aberración. Y esto lo importamos a la perfección a nuestro adorado Cine de Oro: si una mujer decidía no ser el adorno complaciente y sumiso del protagonista, la castigábamos volviéndola un engendro.
Bajo la lógica del monstruoso-femenino, convertimos a La Llorona en el símbolo eterno de la histeria y la tragedia, castigada por atreverse a fallar en el mandato supremo de la maternidad perfecta. Transformamos a La Bruja en el escarmiento definitivo para cualquier mujer que poseyera sabiduría, deseo o poder al margen del control masculino. La fórmula que denuncia Creed es impecable: la independencia y la corporalidad femenina nos aterraban tanto a los hombres que, para lidiar con ellas, tuvimos que disfrazarlas de monstruos en el imaginario popular.
Descuadrando la postal de progreso
Hoy, esa idea de lo monstruoso cobra una dimensión fascinante. Las mujeres que vemos retratadas en la galería de arte, al igual que las buscadoras de Guanajuato que toman las calles, resultan “monstruosas” simplemente porque le provocan acidez a la moral en turno. Su resistencia radica en reapropiarse de esa ferocidad. Si exigir justicia, rastrear fosas clandestinas, envejecer sin disculpas o gritar consignas las hace criaturas aterradoras a los ojos del sistema que nosotros sostenemos, entonces ellas abrazan la etiqueta con un orgullo implacable.
Soltar la cámara y aprender a mirar
Como creador visual y como hombre, sigo el apunte que nos deja el análisis de Creed: mi papel no es fabricarles un nuevo “mito”, ni buscar el encuadre romántico que las haga ver “suaves” para no ofender al espectador. La verdadera disrupción para nosotros, los que históricamente hemos acaparado el discurso visual, es atrevernos a cuestionar el miedo que esconde nuestra propia forma de mirar. A veces, la mayor aportación cultural que podemos hacer es tener la decencia de guardar silencio y aprender a mirar con respeto. Ellas ya están reescribiendo la historia y reclamando su propia imagen; a nosotros solo nos queda hacernos a un lado y soportar con un mínimo de madurez. Y, francamente, ya nos tocaba.
Fuentes:
- Creed, B. (2016). Terror y el monstruo femenino: Una abyección imaginaria. laFuga, (18). https://lafuga.cl/terror-y-el-monstruo-femenino/783

Excelente artículo
Definitivamente se nota la madurez que te ha dado vivir de cerca estos procesos, mujeres fuertes haciendo, cambiando, transformando
Bravooooo
Me quedo pensando los muchos espacios y momentos, de cientos de historias donde se han abierto caminos con mujeres que se rebelan, salen, levantan la voz, fueron ovejas negras, desobedientes, insurrectas, activistas y como menciona Creed monstuoso femenino… a todas ellas Gracias por creerlo y resisitir y a ti mi fotografo, escritor humanista favorito, Gracias por soltar la càmara para aprender a mirar….
que llegue este mensaje a muchos corazones