
Cuando pensamos en los pilares de la literatura universal, solemos evocar nombres como Homero, Confucio o incluso los escribas anónimos de los textos bíblicos. Sin embargo, la historia tiene un secreto grabado en arcilla que precede a todos ellos por más de un milenio: el primer autor registrado de la humanidad es Enheduanna, una suma sacerdotisa que vivió en Mesopotamia hace más de 4,300 años.
La voz que rompió el anonimato
En el siglo XXIII a.C., la escritura se utilizaba principalmente para llevar registros contables, inventarios de grano o leyes. Los textos literarios y religiosos eran, por norma general, anónimos; se consideraban propiedad de la tradición o de los dioses. Pero Enheduanna, hija del rey Sargón el Grande (unificador de Acadia y Sumeria), rompió este paradigma.
Como suma sacerdotisa del dios de la luna, Nanna, en la ciudad de Ur, Enheduanna no solo administraba el templo, sino que poseía una educación y un poder político excepcionales. Fue ella quien decidió dar un paso revolucionario: reclamar la autoría de sus palabras. Al final de sus himnos, incluía secciones donde hablaba de sí misma en primera persona, describiendo el proceso creativo y el “parto” de sus poemas.
“La Exaltación de Inanna”
Su obra más famosa, Nin-me-sara (La Exaltación de Inanna), es un poema de 153 versos que narra su propia expulsión del templo durante una rebelión política y su posterior ruego a la diosa Inanna para ser restituida. En estos textos, Enheduanna utiliza una sensibilidad poética avanzada, explorando emociones profundas como la angustia, el exilio y el éxtasis religioso.
Sus escritos fueron tan influyentes que se convirtieron en parte del plan de estudios de las escuelas de escribas sumerios durante siglos. Se han encontrado copias de sus obras en múltiples tablillas de arcilla, lo que demuestra que su legado literario sobrevivió mucho tiempo después de su muerte.
Un legado recuperado
Durante milenios, el nombre de Enheduanna quedó sepultado bajo las arenas de Irak. No fue hasta 1927 cuando el arqueólogo Sir Leonard Woolley descubrió un disco de calcita que contenía su imagen y su nombre. Desde entonces, estudios de la Universidad de Yale y el Museo Británico han validado su posición como la primera persona en el mundo en decir: “Yo escribí esto”.
Reconocer a Enheduanna no es solo un acto de justicia histórica hacia las mujeres en la literatura; es reconocer el momento exacto en que la escritura dejó de ser una herramienta administrativa para convertirse en una forma de expresión personal y artística. Ella es la verdadera madre de la literatura, recordándonos que el arte de contar historias siempre ha tenido un rostro humano.
