Mtro. Erwin Arriola D. Mtro. en Derecho Constitucional y Derechos Humanos


La memoria diplomática de México no es un bloque de mármol estático sino un organismo vivo que respira a través de sus principios. Al conmemorar el 59 aniversario del Tratado de Tlatelolco, no solo celebramos un documento firmado en 1967 sino la audacia de una nación que logró blindar una superficie de más de 20 millones de kilómetros cuadrados contra la amenaza nuclear
La postura en la presente administración del Gobierno de México trasciende la simple efeméride ya que se trata de la aplicación del “Humanismo Mexicano” en la esfera internacional, un espacio donde la fraternidad universal y la protección de la vida se anteponen a la hegemonía de la fuerza. México no solo participa en una garantía de protección y derechos internacionales por protocolo, sino que lo hace por una convicción profunda en la seguridad humana que hoy resguarda a más de 600 millones de personas bajo la zona libre de armas nucleares.
En un mundo que vuelve a rearmarse, la narrativa de la actual administración subraya que la verdadera vanguardia no reside en quién posee el misil más veloz sino en quién tiene la autoridad moral para convocar al desarme. Este humanismo, que pone a las personas en el centro de las decisiones públicas, se traduce fuera de nuestras fronteras en la exigencia de que el progreso científico no se convierta en una herramienta de opresión.
La mandataria ha sido clara al señalar que “la paz es una construcción activa”, un derecho que se defiende con la palabra y el derecho internacional, especialmente cuando las sombras del conflicto asoman de nuevo en el horizonte global.
Sin embargo, los desafíos a los que nos enfrentamos hoy han mutado radicalmente bajo una nueva carrera tecnológica. El átomo ya no es la única frontera del exterminio debido a que ahora nos encontramos ante el vertiginoso avance de la Inteligencia Artificial aplicada a la guerra, lo cual ha tenido incremento de miles de millones de dólares para su desarrollo y producción. Estamos ante la posibilidad de sistemas de armas autónomos que, carentes de ética en manos del operador, podrían tomar decisiones de vida o muerte en milisegundos. Es aquí donde el acuerdo de Tlatelolco debe garantizar este espíritu de humanismo.
Hacia el horizonte de 2026, México se presenta ante el mundo con una determinación inquebrantable por la seguridad global. Recordar Tlatelolco es entender que el destino común no puede quedar a merced de las armas, sino de la política al servicio de la vida. Desde un liderazgo humanista y transformador, el país deja de ser observador para convertirse en protagonista de una era donde la innovación —humana, atómica y digital— queda blindada por el compromiso social.
La premisa es clara: por el bien de todos, la construcción de la paz debe ser nuestra prioridad absoluta.
