Coreografías del asfalto: La danza que no pide permiso

“El cuerpo humano tiene una necesidad necia e histórica de expresarse. Bailar, en este país, es una forma de reclamar el espacio y decir: ‘aquí estoy y este es mi lugar’.”

Para ciertos puristas de la gestión cultural, pareciera que el arte solo es válido si viene acompañado de una copa de vino espumoso, una curaduría incomprensible y el techo de mármol de algún recinto rimbombante. Fuera de esa burbuja, todo lo demás es tachado de “folclore urbano” o, peor aún, de simple ruido. Sin embargo, quienes estamos inmersos en la gestión cultural y la lente desde una trinchera menos acomodada, sabemos de sobra que la cultura viva rara vez pide permiso para existir.

El cuerpo humano tiene una necesidad necia e histórica de expresarse. En el México moderno, esa expresión ha encontrado en la danza su forma de resistencia más pura. No hablo únicamente de los grandes montajes de Bellas Artes, sino de la danza que estalla en los sonideros de la periferia, la cumbia en las fiestas de XV años o el zapateado improvisado en una plaza pública. Bailar, en este país, es una forma de reclamar el espacio y decir: “aquí estoy y este es mi lugar”.

 

La cumbia como armadura

Si queremos entender la profundidad de este fenómeno, basta con mirar la película Ya no estoy aquí. Más allá de ser un retrato cinematográfico brillante, es un tratado sociológico sobre cómo la danza construye patria. Para los “Terkos” y el movimiento Kolombia en Monterrey, la cumbia rebajada no era un simple pasatiempo; era un refugio identitario frente a un entorno hiperviolento que los marginaba. En la lentitud de sus pasos y en la excentricidad de sus peinados, los jóvenes encontraban un sentido de pertenencia y una armadura. Bailar cumbia rebajada era, a fin de cuentas, un acto de insurrección pacífica contra un sistema que los había dado por perdidos.

 

Apuntar la lente contra el esnobismo

Desde mi quehacer en la fotografía, puedo entender que en general la imagen carga con una responsabilidad imperante frente a estas manifestaciones: la de documentar para visibilizar, para conectar y embellecer la danza de la periferia. Ya no se trata de alimentar el ego de quien aprieta el obturador, sino de utilizar la imagen como un puente que dignifique esas expresiones que ocurren lejos del esnobismo curatorial.

Un cuerpo moviéndose al ritmo de la música bajo una lona de colores en medio de la calle es, indiscutiblemente, arte. La fotografía debe ser el medio que nos obligue a mirar y a reconocer que, independientemente de la marginación o el contexto, el valor estético y discursivo de estas danzas es innegable.

 

Tutús en el asfalto: el ballet asalta la calle

Y curiosamente, esta democratización del movimiento también ocurre a la inversa: cuando las mal llamadas “altas esferas” deciden asaltar el asfalto. El proyecto de la compañía de danza Ardentía es una joya imperdible en este sentido. Al sacar a sus bailarines para interpretar fragmentos de un ballet tan emblemático y romántico como Giselle en los cruces peatonales y plazas de la Ciudad de México, lograron lo impensable. Imaginen a las bailarinas en puntas, desafiando las irregularidades y la crudeza del pavimento, resumiendo escenas clásicas en el minuto exacto que dura un semáforo en rojo.

Como lo han señalado sus propios integrantes, la importancia de este tipo de proyectos radica en romper la barrera elitista del teatro. Sorprender a transeúntes, taxistas estresados y niños en la banqueta es una forma bellísima de decirle a la gente que el arte también les pertenece. Es un nocaut al purismo y a los tabúes de la disciplina: si el público no puede —o no suele— ir al gran teatro, entonces el teatro debe desbordarse hacia la calle y mezclarse con el humo de la ciudad.

 

El vals torpe de lo cotidiano

Porque, seamos honestos, la danza es para todos y pulula en nuestro día a día, aunque a veces estemos demasiado ciegos o absortos en la neurosis de la rutina para notar sus implicaciones profundas. Bailar no es solo seguir un compás; es una herramienta vital para la construcción de nuestros vínculos y de nuestra identidad. Está ahí, disfrazada de cotidianidad, en el vals torpe pero genuinamente emotivo de las fiestas de graduación, o en los festivales del Día de las Madres que, aunque a veces nos causen gracia por sus coreografías desincronizadas, terminan forjando recuerdos irremplazables.

Es en esos espacios, ya sea en el patio de una escuela, en una avenida transitada o en un baile sonidero, donde nos reconocemos en el otro. Es ahí donde el cuerpo habla todo aquello que las palabras no alcanzan a decir, recordándonos que el movimiento es, quizá, nuestra única certeza compartida.

Quizá ya va siendo hora de que las cúpulas directivas, los mecenas y los críticos dejen de mirar tanto hacia los techos adornados con candelabros y volteen la vista hacia la banqueta. La verdadera vanguardia, les guste o no, se está bailando allá afuera.

Fuentes:

2 comentarios en “Coreografías del asfalto: La danza que no pide permiso”

  1. Agradezco tu manera de acercar los temas de arte para abrir espacios de conexiòn entre los que lo viven y los que aun sin participar somos esa cultura abrazados a una identidad màs allà de los espacios, las diferencias que nos pudieran querer dividir externamente, estamos irremediablemente inmersos y representados en ella, solo falta abrir el corazòn y aceptar que somos y celebrarlo; sin duda tu joven mirada de fotografo humanista capta esos instantes de identidad y gozo, de pertenencia y comunidad, de entrega total de quienes eligen compartir esencia y propòsito vital o tal vez observas tambien a muchos que se dejan llevar por la necesidad de expresar y convivir a travès de la danza. te admiro y te sigo, aqui espero un nuevo momento de reflexiòn a travès de tu lente…

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