
“Miranda y Andy lo entendieron a la perfección, encontraron el equilibrio para acoplarse a las exigencias modernas y, al mismo tiempo, recordarnos que la estética, el arte y la expresión son el núcleo de nuestra identidad”.
Vivimos en una época en la que la transición hacia lo digital dejó de ser un tabú cibernético para convertirse en la norma absolutista. Las nuevas generaciones desconocen por completo el exquisito tedio de la vida antes de que ChatGPT nos resolviera la existencia, o la dulce ingenuidad de reproducir un video sobre las peripecias de un canguro en un avión sin la inquietante sospecha de si es real o una alucinación de la Inteligencia Artificial.
Pareciera que el desarrollo lógico de la modernidad nos encauza al desecho progresivo de lo tangible. Hoy resulta un acto casi subversivo (o de simple necedad) cargar con un enorme librero en la sala o comprar mapas de la Guía Roji, cuando toda la información del universo cabe en el bolsillo y se encuentra a un TikTok de distancia. El teléfono hiperconectado acapara el mercado en todos sus frentes; por ello, quien se aferra a la materialidad de las cosas corre el riesgo de parecer más una reliquia empolvada del siglo pasado que un romántico empedernido.
El choque generacional en la alta costura
Bajo este tenor, me resulta fascinante —y hasta irónico— el discurso de una película que las mentes “elevadas” podrían tildar de simple o intrascendente: El diablo viste a la moda 2. A casi veinte años del fenómeno que definió a toda una generación, Miranda, Andy, Emily y Nigel regresan a las elegantes calles de Nueva York y a las sofisticadas trincheras de la revista Runway.
Mi intención no es jugar al crítico de cine snob reseñando una película palomera. Más bien, lo que capturó mi interés fue cómo una superproducción de Hollywood aborda el choque generacional y la crisis de valores frente a los proyectos que se resisten a morir en el olvido digital. Para no arruinarles la trama, el conflicto central nace de una verdad incómoda en la industria: ya nadie lee reportajes de gran relevancia social y política, y mucho menos en medios impresos. La icónica Runway, bajo el mando de la inquebrantable Miranda Priestly, deja de ser tendencia frente a la apatía de una juventud que percibe los proyectos editoriales como productos “caducados”.
El fantasma de Walter Mitty y el peso de la memoria
Este paralelismo me arrastra irremediablemente hacia otra joya visual: La increíble vida de Walter Mitty. En ella, el protagonista sobrevive a duras penas en la emblemática revista LIFE, la cual enfrenta una compra hostil y despidos masivos para forzar su violenta transición al formato digital. Aunque hay más de una década de diferencia entre ambas cintas, la herida es la misma.
A pesar de que la cabecera de LIFE sobrevive en la inmaterialidad de la red, es una tragedia cultural saber que estamos perdiendo la experiencia sensorial que implica ver, oler y tocar las fotografías que documentaron el alunizaje, o palpar las páginas que albergaron los textos de Hemingway. En esencia, sostengo que el periodismo gráfico de excelencia es hoy más vital que nunca, pero lo estamos ahogando en la inmediatez.
La tiranía del algoritmo
Como fanático acérrimo de la imagen, me genera una profunda urticaria el peligro que augura reemplazarlo todo por pantallas de cristal, rindiéndole culto a las exigencias efímeras del algoritmo. Ante la saturación visual que nos asfixia —donde se suben miles de millones de fotos a internet cada día—, debemos cuestionarnos cuál es realmente la función de la fotografía contemporánea.
Me inquieta profundamente cómo, bajo la trampa de la eficiencia, dejamos de lado lo que nos hace humanos. Miranda y Andy lo entendieron a la perfección al oponerse a esta maquinaria de la única forma en que saben hacerlo: con una elegancia magistral y con la moda como estandarte. Encontraron el equilibrio para acoplarse a las exigencias modernas y, al mismo tiempo, recordarnos que la estética, el arte y la expresión son el núcleo de nuestra identidad.
El retorno al instante decisivo
No se trata de incinerar sin pensar los contenidos de relevancia solo porque la masa distraída “ya no los lee”. Se trata de buscar opciones astutas que le devuelvan el interés a los despistados, recordándoles que hay historias y formatos que aún importan. Frente a la inercia de la reproducción masiva, la verdadera rebeldía reside en ser capaces de cuestionarnos lo que dejamos atrás.
En conclusión, no importa si el mensaje de resistencia lo encontramos en densas propuestas intelectuales de nicho, o en superproducciones comerciales de millones de dólares; procuremos ser un poco más nostálgicos. Reivindiquemos el “instante decisivo” y eduquemos nuestra mirada. Evitemos desechar a diestra y siniestra el peso de nuestro pasado material; seamos más humanos y conectemos genuinamente con la forma en la que documentamos nuestro paso por el mundo.
