¿De quién fue la fiesta?

El Mundial llegó a la Ciudad de México. La pregunta es quién pudo vivirlo.

El pasado 11 de junio, la Ciudad de México volvió a ocupar un lugar privilegiado en la historia del deporte mundial. Por tercera ocasión, un estadio mexicano fue escenario de la inauguración de una Copa del Mundo, un hecho sin precedentes que confirmó a nuestra capital como una de las grandes ciudades globales capaces de albergar los eventos más importantes del planeta.

Durante unas horas, los ojos del mundo estuvieron puestos en México.

Millones de personas observaron nuestras calles, nuestra cultura, nuestra capacidad organizativa y nuestra pasión por el fútbol.

Fue una celebración legítima.

También una oportunidad extraordinaria.

Las proyecciones económicas estiman que el Mundial generará miles de millones de pesos en actividad económica para la Ciudad de México y el país. Hoteles, restaurantes, comercios, servicios de transporte, plataformas digitales y empresas vinculadas al turismo se prepararon durante meses para recibir a cientos de miles de visitantes nacionales e internacionales.

Desde una perspectiva económica, resulta difícil negar que el Mundial representa una buena noticia.

Pero las grandes cifras suelen ocultar preguntas más importantes.

Porque una derrama económica no es necesariamente una oportunidad compartida. Y ahí aparece una paradoja que merece ser analizada.

Nunca un Mundial había estado tan cerca de los jóvenes mexicanos. Y, al mismo tiempo, para muchos nunca había estado tan lejos.

La generación que creció viendo los Mundiales de Sudáfrica, Brasil, Rusia y Qatar finalmente tuvo la oportunidad de vivir una Copa del Mundo en casa.

Por primera vez, millones de jóvenes mexicanos no tendrían que imaginar el ambiente mundialista a través de una pantalla.

Lo tendrían en su propia ciudad. En sus calles.

En sus estaciones de metro. En sus plazas públicas.

A unos cuantos kilómetros de distancia.

Y, sin embargo, para una gran parte de ellos, asistir a un partido, acceder a las experiencias oficiales o participar plenamente de la celebración resultó económicamente inalcanzable.

La distancia entre muchos jóvenes y el Mundial no se midió en kilómetros. Se midió en capacidad adquisitiva.

Los costos asociados a boletos, transporte, hospedaje, alimentos y actividades vinculadas al evento dejaron algo claro: organizar un Mundial y poder vivirlo no siempre son la misma cosa.

No se trata de una crítica. Es una realidad.

Los grandes eventos internacionales funcionan bajo reglas globales. La demanda supera ampliamente la oferta y los precios responden a mercados internacionales, patrocinadores, turismo y consumo masivo.

El problema no es que exista una derrama económica. La pregunta es quién logra participar de ella.

Porque existe una diferencia fundamental entre admirar el crecimiento económico y formar parte de él.

Entre observar las oportunidades y tener acceso a ellas. Entre ser espectador y convertirse en protagonista.

Por eso quizá la discusión pública se ha concentrado en el tema equivocado.

No deberíamos preguntarnos únicamente cuántos jóvenes pudieron comprar un boleto. Deberíamos preguntarnos cuántos pudieron beneficiarse económicamente del evento.

¿Cuántos emprendedores encontraron nuevos clientes?

¿Cuántos estudiantes consiguieron experiencia profesional?

¿Cuántos pequeños negocios lograron integrarse a la actividad económica que genera un evento de esta magnitud?

¿Cuántos creadores de contenido, comerciantes, trabajadores independientes y profesionistas encontraron una oportunidad para crecer?

Esa es la diferencia entre una fiesta temporal y una estrategia de desarrollo. Porque los partidos terminarán.

Los turistas regresarán a sus países. Las transmisiones concluirán.

Los reflectores internacionales eventualmente se apagarán.

Lo verdaderamente importante será aquello que permanezca cuando el último silbatazo haya sonado.

Sin embargo, la inauguración también dejó una imagen imposible de ignorar.

Mientras dentro del estadio se celebraba una fiesta global, fuera de él la Ciudad de México vivía una intensa jornada de movilización social.

Maestros, madres buscadoras, estudiantes, comerciantes y diversos colectivos aprovecharon la atención mediática internacional para visibilizar causas que consideran pendientes.

La escena fue profundamente simbólica.

Por un lado, una ciudad que celebraba su capacidad para recibir al mundo.

Por otro, ciudadanos que recordaban que aún existen problemas que no desaparecen durante noventa minutos de fútbol.

Algunos interpretaron estas manifestaciones como una interrupción de la celebración. Creo que sería un error verlo de esa manera.

Las grandes ciudades son complejas precisamente porque pueden celebrar y protestar al mismo tiempo.

Pueden recibir turistas y escuchar demandas sociales. Pueden atraer inversión y exigir justicia.

Pueden mostrar su mejor rostro al mundo sin dejar de mirar sus propios desafíos.

Lejos de representar una contradicción, esa convivencia forma parte de la esencia de una sociedad democrática.

Una ciudad verdaderamente moderna no es aquella donde nadie protesta.

Es aquella donde existe espacio para celebrar los logros colectivos sin silenciar las inconformidades legítimas.

La imagen de la inauguración terminó reflejando dos realidades distintas pero igualmente mexicanas.

La primera mostró un país capaz de organizar uno de los eventos más importantes del planeta.

La segunda mostró una ciudadanía que sigue demandando mejores oportunidades, mayor justicia y respuestas a problemas que permanecen abiertos.

Ambas imágenes son reales. Ambas merecen atención.

Y ambas deberían formar parte de la conversación pública.

Porque el verdadero legado del Mundial no se medirá únicamente por los visitantes que llegaron ni por los millones que se generaron.

Se medirá por las oportunidades que dejó.

Las grandes ciudades del mundo han comprendido algo fundamental: los megaeventos deportivos son mucho más que entretenimiento.

Son plataformas de transformación.

Barcelona utilizó los Juegos Olímpicos de 1992 para redefinir su proyección internacional.

Londres aprovechó los Juegos Olímpicos de 2012 para impulsar la regeneración urbana de zonas históricamente rezagadas.

Las ciudades exitosas entienden que los eventos duran semanas. Los legados duran décadas.

La pregunta para la Ciudad de México es si seremos capaces de convertir unas cuantas semanas de atención internacional en beneficios permanentes para quienes viven aquí todos los días.

Especialmente para las juventudes.

México cuenta con una generación extraordinariamente preparada, conectada y emprendedora.

Una generación que puede construir empresas desde una computadora portátil. Que puede vender productos a nivel global desde un teléfono celular.

Que puede crear comunidades, contenidos y proyectos con impacto internacional.

Pero también es una generación que enfrenta enormes barreras para acceder a vivienda, financiamiento, empleo formal y movilidad social.

Por eso el Mundial deja una reflexión que trasciende por completo al deporte. La verdadera pregunta no es cuánto dinero llegó.

La verdadera pregunta es cuántas personas tuvieron la posibilidad de participar en su creación.

Porque las economías más dinámicas no son aquellas donde el crecimiento beneficia únicamente a quienes ya estaban dentro.

Son aquellas donde cada vez más personas encuentran una manera de integrarse a él. El Mundial pasará.

Como pasan todos los grandes eventos. Lo importante será lo que quede después. Las inversiones.

Los empleos.

La infraestructura. Los proyectos.

Las empresas.

Las oportunidades.

Porque el éxito de una ciudad no se mide únicamente por su capacidad para recibir al mundo.

Se mide por su capacidad para abrirle espacio a su propia gente. A los jóvenes que quieren emprender.

A quienes buscan construir patrimonio.

A quienes trabajan para transformar una idea en una empresa.

Y también a quienes exigen justicia, oportunidades y un país más incluyente. Porque cuando se apaguen los reflectores, el mundo se irá.

Y nosotros nos quedaremos con la ciudad que hayamos construido. La verdadera victoria no estará en haber organizado un Mundial.

Estará en lograr que sus beneficios no hayan sido solamente para quienes pudieron entrar al estadio, sino también para quienes siguen esperando una oportunidad para entrar al futuro.

Ana Gabriela Núñez

Abogada, empresaria y líder empresarial juvenil.

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