El indigenismo de museo: la comodidad de adorar al pasado

“Se puede ser indígena y rotundamente contemporáneo, la identidad es un río caudaloso y nunca un lago estancado”

La Revolución Mexicana, en su afán por homogeneizar un país fragmentado, nos heredó un espejismo formidable: el indigenismo de Estado. A través de esta maquinaria institucional, las élites posrevolucionarias determinaron que los pueblos originarios serían el cimiento de nuestra identidad, bajo la condición irrestricta de mantenerse inmóviles en las monografías escolares y las salas de antropología. Observo cómo, a la sombra de esta tradición asimilacionista, el calendario cívico despacha mañana, nueve de agosto, el Día Internacional de los Pueblos Indígenas. Lejos de ser una jornada para rendir cuentas sobre el despojo territorial, la privatización del agua o la criminalización de los defensores de los bosques, la fecha opera como un mero trámite de expiación. Las cúpulas políticas desempolvan su admiración por la grandeza prehispánica en un ejercicio de ventriloquía estatal, hablando en nombre de los mismos sectores a los que, durante el resto del año, se les niega sistemáticamente un lugar en la toma de decisiones.

Este pacto no escrito de la mexicanidad contemporánea se sostiene sobre tres fracturas tan profundas que, por pura costumbre, hemos decidido llamar paisaje. La primera es la dicotomía esquizofrénica entre el pasado glorificado y el presente vulnerable. Lloramos la caída de Tenochtitlan, nos erizamos frente a la pirámide del Sol y presumimos el esplendor maya en los folletos turísticos, pero cruzamos la calle de prisa para no toparnos con la familia tzotzil que vende artesanías en el asfalto hirviente de la capital. El “indio muerto” es el pilar indiscutible de nuestra narrativa oficial; el “indio vivo” es, para el Estado y la sociedad biempensante, un simple problema de desarrollo social, una estadística incómoda o un estorbo para la gentrificación urbana.

De esta esquizofrenia nace la segunda fractura: la folklorización frente a la negación de derechos. Aplaudimos la Guelaguetza y consumimos la estética originaria con voracidad de extranjeros en nuestro propio país, convencidos de que admirar el bordado de una blusa nos exime de cuestionar por qué las mujeres que las tejen carecen de infraestructura básica, o por qué sus asambleas comunitarias son ignoradas frente a la llegada de empresas extractivas. Hemos reducido culturas enteras a un filtro fotográfico, a una paleta de colores vibrantes que adorna el discurso progresista mientras la justicia, la autonomía y la participación directa brillan por su ausencia.

Y si el folclor no basta, pasamos a la tercera fractura, la favorita del libre mercado: la apropiación sin retribución. El neoextractivismo ya no se conforma con talar la sierra; ahora empaqueta saberes, diseños y cosmovisiones para el consumo globalizado. Marcas internacionales plagian sin el menor rubor los textiles mixes o zapotecos para venderlos en escaparates europeos bajo la etiqueta de «inspiración boho-chic», mientras el floreciente mercado de la sanación comercializa rituales descontextualizados para oficinistas estresados en la Condesa. Es el despojo perfeccionado: el conocimiento ancestral se transmuta en mercancía y los creadores históricos son expulsados del banquete económico.

Frente a esta pasarela de simulaciones, sostengo que el verdadero respeto a la pluriculturalidad no se limita a integrar elementos prehispánicos en nuestras dinámicas sociales o visuales como un mero homenaje estético; requiere reconocer a los pueblos indígenas como sujetos de derecho, con agencia política, narrativas propias y capacidad de decisión sobre sus territorios. No necesitan los paternalismos de siempre ni salvadores urbanos que les traduzcan la realidad. Reclaman la autonomía que históricamente el centralismo les ha negado y el fin definitivo de un sistema que se empeña en tratarlos como ciudadanos bajo tutela.

Por fortuna, la realidad desde abajo siempre se encarga de desbaratar los guiones oficiales. Lejos del victimismo pasivo que los medios hegemónicos insisten en adjudicarles, las nuevas juventudes están desmontando la narrativa tradicional desde la autogestión y el reclamo tajante de sus identidades. La resistencia contemporánea ya no es únicamente defender la milpa en la sierra; es también hackear la modernidad, tomar por asalto las periferias metropolitanas que los quisieron invisibilizar.

Lo atestiguo en espacios de ebullición cultural como el Centro Cultural Yankuik Kuikamatilistli, donde la lengua viva no es una reliquia académica, sino una herramienta fiera de creación literaria y de subversión contra el borrado lingüístico. Lo observo en la trinchera del Colectivo Jóvenes Indígenas Urbanos (JIU), quienes, inmersos en la selva de concreto, se niegan a ceder su memoria al asfalto. Al contrario, la politizan. Estos jóvenes rapean en náhuatl y purépecha, debaten sobre descolonización, organizan a sus barrios y exigen su derecho a la ciudad sin sacrificar un ápice de su origen. Demuestran en los hechos que se puede ser indígena y rotundamente contemporáneo, que la identidad es un río caudaloso y nunca un lago estancado.

Pasará el nueve de agosto, pero la verdadera transformación de este país no llegará a través de los calendarios cívicos. Llegará cuando aceptemos de una vez por todas que los pueblos originarios no son el pasado mítico que venimos arrastrando, sino la fuerza política más lúcida para disputarle el futuro a un sistema diseñado para devorarnos a todos.

Fuentes:

Hale, C. R. (2004). Rethinking Indigenous politics in the era of the “indio permitido”. NACLA Report on the Americas

Torres, X. (2022). Jóvenes Indígenas Urbanos: un colectivo que ha sentado las bases de la ciudad intercultural. ZonaDocs.

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