Renacimiento mexa: ¿Para qué nos sirve un Día Mundial del Arte?

“Nuestro surrealismo no es de lienzo, es de banqueta. El mexicano, en su necesidad constante de supervivencia, ejerce todos los días una especie de ‘Renacimiento de la carencia’.”

Seguimos inmersos en la neurosis de mediados de mes. En el centro del tradicional terror fiscal que supone rendirle cuentas al SAT, el calendario oficial nos marcó un alto en el camino el pasado miércoles 15 de abril: el Día Mundial del Arte.

Suele ser una de esas efemérides que, para la mayoría es una fecha más en el calendario o, en su defecto, el pago de quincena. Sin embargo, resulta que ese día, pero de 1452, nació cierto italiano llamado Leonardo da Vinci. Y aquí hay que detenernos un momento, porque elegir el natalicio de este personaje para celebrar el arte a nivel global no fue una casualidad de calendario ni un capricho eurocentrista.

El genio que no sabía estarse quieto

Leonardo no era un oficinista del pincel; era un tipo que se negaba rotundamente a meter el conocimiento en cajas separadas. Para él, diseñar una máquina voladora, diseccionar un cadáver para entender los músculos o pintar la sonrisa más enigmática de la historia eran, en el fondo, exactamente la misma cosa: un intento feroz, curioso y obsesivo por entender el mundo. Elegir a Da Vinci como estandarte es un recordatorio vital de que el arte no es una disciplina aislada ni un pasatiempo de élites, sino un lente a través del cual la ciencia, la filosofía y la vida misma cobran sentido. El arte es el pegamento de la experiencia humana.

Un acta de nacimiento con sabor a tequila

Lo que resulta irónico —y que pocos saben— es que la idea de institucionalizar esta fecha con el espíritu de Da Vinci tiene un origen muy nuestro. Fue en 2011, durante una asamblea de la Asociación Internacional de Artes Plásticas celebrada en Guadalajara, donde se propuso la fecha. Años después, en 2019, gracias al empuje de las delegaciones de México y Turquía, la UNESCO le dio el sello oficial. el acta de nacimiento de esta celebración global es orgullosamente mexa; se gestó entre burocracia, grilla cultural y, seguramente, unos buenos tragos de tequila.


Surrealismo de la carencia

Pero, ¿qué tiene que ver un genio toscano del siglo XV con la forma en la que el México moderno respira el arte? Curiosamente, todo.

Da Vinci tenía la capacidad de encontrar belleza y orden en medio de la complejidad, y si hay un país que es un monumento vivo al caos creativo, es el nuestro. Se ha dicho hasta el cansancio que México es un país surrealista, pero a veces olvidamos lo que eso significa en la práctica. Aquí, la frontera entre lo mundano y lo estético está permanentemente rota.

En México no necesitamos entrar a una galería para experimentar el arte; lo respiramos en la calle. Somos un país donde un rotulista de puesto de jugos hace un uso impecable de la tipografía y el color sin haber pisado una escuela de diseño; donde la arquitectura popular desafía las leyes de la gravedad con la misma audacia (y a veces el mismo peligro) que un boceto renacentista; donde nuestras fiestas patronales y altares de muertos son instalaciones inmersivas que envidiaría cualquier museo europeo contemporáneo.

Nuestro surrealismo no es de lienzo, es de banqueta. El mexicano, en su necesidad constante de adaptación y supervivencia, ejerce todos los días una especie de “Renacimiento de la carencia”: inventamos, improvisamos, embellecemos lo que está roto y le damos dignidad a lo que otros han desechado. Como alguien con un gusto muy particular por la fotografía en calle, veo a Da Vincis anónimos todos los días habitando nuestra cotidianidad, haciendo alquimia pura para transformar su realidad en algo soportable y, casi siempre, hermoso.


El arte no se paga con aplausos

Y aquí es donde lanzo una pequeña provocación para mis amigos del sector político y empresarial: si vivimos en un país con este nivel de ebullición creativa, ¿por qué seguimos relacionándonos con el arte de una forma tan ornamental? Nos fascina presumir a nuestros muralistas en los discursos y comprar artesanías finas para decorar las oficinas, pero a menudo castigamos la gestión cultural con presupuestos raquíticos y vemos a los creadores vivos como un gasto, no como un motor.

Mantener el 15 de abril en el calendario no debería ser solo una excusa para que las galerías ofrezcan vino de cortesía. Debería ser un día para reconocer que, en este México nuestro, el arte es una estrategia de resistencia emocional y social.

Ojalá que esta fecha nos sirva para volver a ser un poco como Leonardo. Recuperemos la curiosidad por el otro, celebremos la inmensa belleza de nuestro caos mexa y recordemos que el arte es la única inversión capaz de mantener viva nuestra humanidad en tiempos donde todo lo demás parece estar en venta.

Fuentes:

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