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Era muy noche en Katmandú, en el Palacio el silencio reinaba, todos dormían, en una de las habitaciones de la pagoda real, había una luz muy tenue, apenas sostenida por una vela tintineante en la oscuridad. Dos figuras estaban frente a ella, tomaban turnos para tirar un dado a la vez.
Una era una mujer joven, muy hermosa, quien la mirara con atención, no podría evitar notar su belleza sobrenatural y sobre todo, el tercer ojo en su frente. Sus diez brazos eran menos obvios, pues cuando no los usaba, sabía esconderlos bien. Traía puestos largos aretes y tiara de oro. Alrededor de su cabeza, su aura apenas se dejaba ver cuando se movía.
La otra figura era la del Rey, quien, a pesar de la hora, usaba su atuendo real más suntuoso y elegante. Hablaban casi en susurros, y a pesar de que la actitud del Rey era muy respetuosa, se adivinada entre ellos una familiaridad que sólo puede darse entre dos personas que se conocen de hace mucho tiempo.
El Rey pedía consejos a la hermosa y enigmática joven sobre dos temas importantes que aquejaban a su pueblo, dos rebeliones, una muy pequeña, de los Pradhans de Lalitpur, la segunda, sobre el Raja de Gorkha y su intención de conquistar Katmandú. La joven tiró el dado, recomendó al Rey no preocuparse por los primeros, le dijo los tratara con compasión sin someterlos con violencia.
El Rey asentía con veneración mientras ponía especial cuidado a la segunda recomendación. Pero antes de que la joven pudiera responder, fueron interrumpidos por la Reina, quien celosa al pensar que descubría a su cónyuge en infidelidad, llegó con un grupo de guardias, dispuesta a lavar su honor.
La joven, quien no era nadie más que la Diosa Taleja, fase colérica de Durga y patrona de los reyes de Nepal, enfureció y se dejó ver como realmente era, abanicó sus diez brazos, tres cabezas emergieron de la que mostraba, una arriba, dos más de cada lado. En su cadera, se dejó ver un cinturón de cabezas humanas, mientras que un aura de fuego emanaba de todo su cuerpo.
Furiosa ante semejante ofensa, a pesar de las súplicas del Rey, antes de desaparecer condenó al reino y a su dinastía a un fin cercano y doloroso. El Rey, abrumado, reprendió a la Reina. A partir del día siguiente, él y sus brahmanes se dedicaron a dar constantes ofrendas para tratar de reivindicarse con la Diosa Taleja, convencerla que perdonara al Rey además de continuar ayudándole a gobernar.
Eventualmente, las plegarias fueron escuchadas, aunque parcialmente. En sueños, la Diosa se apareció al Rey, diciéndole “si deseas verme de nuevo, escoge a una pequeña niña de la casta Shakya, hermosa y pura de corazón con los 32 signos de la perfección. Venérala como me venerarías a mí. En ella, yo estaré frente a ti, pero nunca olvidaré el insulto”.
El Rey consultó a sus monjes y procedió a cumplir la orden de la Diosa. Una niña de cuatro años newari de la casta Shakya fue elegida con todos los criterios y llevada al templo de Taleju para que se instalara como su imagen viviente. A partir de ese momento, fue venerada por el Rey y por todo su pueblo en su día festivo.
Con el tiempo, se le construyó un pequeño pero adornado palacio y templo donde pudiera vivir al lado del palacio real. Una vez al año, durante el gran festival de Indra Jatra, el Rey iba al templo para recibir su bendición en forma de una tika, una marca roja colocada por la pequeña, en su frente.
Conocida como la Kumari, la diosa virgen, o Dyah Meiju, para los newari, apenas se acerca a su primera menstruación, es reemplazada por una niña similar para asegurar que la Diosa Viviente siempre será pura e impecable, además que nunca crecerá. Y así siguió por siglos, a través de dinastías, reinados y muchos Reyes de Nepal (adaptado del libro From Goddess to Mortal de Rashmila Shakya).
La Diosa Viviente, o Kumari, es un símbolo religioso y de adoración en Nepal, el día de su festival, la pequeña sale de su templo en un enorme carruaje, y es llevada por las calles de Katmandú. Hinduistas y budistas por igual se acercan para ofrendar fruta, arroz, dinero. Los monjes lo reciben y dan cambio flores, bendiciones.
Podríamos pensar en lo injusto que pudiera ser que una niña tan pequeña sea separada de su familia, quien, por cierto, tampoco la puede tocar, es una Diosa. Pero actualmente, existe una agrupación de Ex Kumaris que ha conseguido ante el gobierno nepalés otorgar a la niña una infancia más adecuada.
El templo, abre en horas especificas para que turistas, peregrinos y creyentes de la Kumari, entremos al pequeño patio de su palacio para verla asomarse por una de las muy adornadas ventanas. Las puertas se cierran tras nuestro, monjes y guardias nos indican que está prohibido tomarle fotos, y supervisan a todos los asistentes para que esto no pase.
Si es muy pequeña aún, la vemos en brazos de su cuidadora, si no, ella sola se asoma. Siempre usando largos aretes y una tiara que puede ser de flores, no de oro como la de la Diosa Taleju, y vestida totalmente de rojo. Suelo pensar que nos mira a todos con curiosidad, con la misma que podría tener cualquier niña. Al verla, siempre se escuchan expresiones de ternura y devoción y al retirarse, entre los turistas, comentarios divididos.
La historia de la Kumari tiene muchos matices más, es muy interesante para mi contarla, aunque, siempre será mejor si te la platico allá, en Nepal, en su palacio. Entre el olor de incienso y flores.
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