Apuntes sobre un Narciso con sabor a chispas de chocolate

“El Narciso moderno está aterrado, no de la muerte física, sino de pasar desapercibido en el algoritmo”.

Apenas la semana pasada, la Ciudad de México, siempre tan dispuesta a abrazar cualquier apocalipsis con tal de que sea importado y tenga buena envoltura, testificó uno de esos fenómenos que harían persignarse a cualquier sociólogo de la vieja guardia. Me refiero, por supuesto, a la inauguración de la sucursal de Crumbl Cookies. Aquello no era una simple apertura comercial; era una romería, una procesión laica donde cientos de capitalinos aguardaban en filas de una longitud dantesca, unidos por la fe inquebrantable en una galleta monumental. Aturdido por el fervor de las masas, el griterío urbano y ese denso olor artificial a mantequilla que ya amenazaba con saturar la cuadra entera, decidí claudicar. Como un hereje huyendo de un sermón interminable, busqué asilo político en una cafetería aledaña, un refugio donde lo más extravagante era mi propia orden: un café americano grande, negro, sin pretensiones ni jarabes de temporada.

Mientras el amargor de mi taza me devolvía a la cordura terrenal, la puerta del local se abrió para dar paso a dos feligresas que venían directamente de la zona cero. Eran dos chicas jóvenes, visiblemente exhaustas pero triunfantes, portando aquellas cajas rectangulares y rosadas como si llevaran consigo el Santo Grial o, al menos, un trozo invaluable del Arca de la Alianza. Tomaron asiento en la mesa contigua. Y entonces, presencié el verdadero milagro de nuestra época. Las preciadas cajas aterrizaron sobre la superficie de madera. ¿Hubo un suspiro de alivio? ¿Un desgarre ansioso del empaque para devorar el botín tras horas de estoica espera? En lo absoluto.

Antes siquiera de oler el azúcar, antes de rozar la textura de la masa, antes de que el paladar pudiera emitir cualquier veredicto terrenal, el protocolo de nuestra era exigió el sacrificio visual. Los teléfonos celulares emergieron de sus bolsos como espadas desenvainadas. Durante los siguientes quince minutos, el debate no giró en torno a la repostería, sino a la semántica del hiperespacio: ¿Qué descripción encapsulaba mejor la proeza heroica de haber sobrevivido a la fila? ¿Cuál era la combinación exacta de palabras y emojis que detonaría la envidia, astutamente disfrazada de validación, en sus redes sociales?

Esa escena, tan abrumadoramente cotidiana que a menudo nos resulta invisible, me dejó atónito frente a mi café enfriándose. Ahí estaba, encapsulada en una caja de cartón color pastel, la materialización absoluta de La era del vacío que Gilles Lipovetsky diseccionó hace ya cuatro décadas. Para el perspicaz pensador francés, la posmodernidad inauguraba, con bombos y platillos, la era del Narciso moderno, una deidad de bolsillo que reemplazaba la pesadez del deber cívico por el derecho inalienable al confort individual. Pero este Narciso contemporáneo ha evolucionado. Ya no se conforma con contemplar su hermoso reflejo en el estanque silencioso del bosque; hoy necesita que el estanque tenga conexión Wi-Fi, deje comentarios y le devuelva una métrica exacta de su propia existencia.

Lipovetsky nos advertía sobre un hiperindividualismo donde la prioridad absoluta es la realización personal, pero una realización curiosamente vaciada de sustancia, anclada casi por completo en el hedonismo de consumo. Sin embargo, lo que mis vecinas de mesa me demostraban es que el acto de consumo mismo ha mutado de manera irreversible. La experiencia humana hoy ha sido secuestrada por la “extimidad”. El término, maravillosamente apropiado por la sociología contemporánea, explica esta urgencia febril de hacer externa la intimidad.

En este teatro del absurdo cotidiano, la galleta es un mero elemento de utilería. Su valor nutricional o su calidad gastronómica son estadísticamente nulos comparados con su inmenso valor de cambio en el volátil mercado de la atención digital. El Narciso de Lipovetsky era apático hacia los grandes relatos históricos —la revolución, la religión, la utopía social—. Hoy, esa apatía se ha transformado en una hiperactividad performática.

Las nuevas generaciones, huérfanas de ideologías pesadas, encuentran su brújula identitaria en la curaduría minuciosa de sus microplaceres. Al fotografiar el postre antes de probarlo, la experiencia física, tangible y efímera, se subordina voluntariamente a la experiencia virtual. El “yo consumo, luego existo” que definió a la modernidad tardía ha sido derrocado por un tiránico “yo publico, luego existo”.

Queda dolorosamente claro que este comportamiento no es un simple ejercicio de vanidad adolescente, sino una profunda angustia existencial disfrazada de filtros cálidos. El Narciso moderno está aterrado, no de la muerte física, sino de pasar desapercibido en el algoritmo. Para estas dos chicas, comerse la galleta en la clandestinidad de lo privado, sin testigos digitales que aplaudieran la hazaña, habría significado que las horas en la fila fueron un rotundo fracaso. La galleta no ingerida pero sí documentada es el emblema de nuestros días: una época rebosante de representaciones brillantes y famélica de presencias reales. Es la paradoja trágica de una sociedad que documenta obsesivamente cada segundo de su vida mientras, en el proceso, se olvida de vivirla.

Terminé mi café americano, ahora definitivamente frío, sintiendo una extraña mezcla de fascinación crónica y orfandad compartida. Las chicas de la mesa contigua finalmente guardaron sus teléfonos, dieron un par de mordiscos distraídos a sus postres hipercalóricos y, casi de inmediato, volvieron a deslizar sus pulgares sobre las pantallas brillantes. Verificaban, como quien revisa el pulso de un paciente en terapia intensiva, si los likes ya comenzaban a llover. Lipovetsky, al final, tenía toda la razón: el vacío contemporáneo no es oscuro, ni solemne, ni trágico; está brillantemente iluminado en alta definición y sabe a masa cruda con chispas de chocolate. El Narciso de la antigüedad se ahogó en su propio reflejo, víctima de su belleza. El nuestro, en cambio, corre el riesgo inminente de morir de inanición frente a un banquete, esperando que una multitud de perfectos desconocidos le autorice dar el primer bocado.

Fuentes:

Castro, R. y Sibilia, P. (2015). Visualidades antiaging. La producción imaginal del control del envejecimiento y la conservación de la juventud. Revista de Estudios Sociales.

Lipovetsky, G. (1993). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Editorial Anagrama.

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