Cuando el estrés se vuelve identidad: cómo recuperar tu equilibrio interno

Por Odilia Sandoval, experta en Autocuidado Consciente con Mindfulness Aplicado y Metodologías Vivenciales.

El estrés puede acompañarte durante una etapa, pero no tiene por qué convertirse en tu identidad.

Hay personas que dicen: “Yo soy muy estresada”.

Lo dicen con tanta naturalidad que pareciera que el estrés fuera un rasgo de personalidad: así soy, siempre he sido así, tengo demasiadas cosas que hacer, no puedo parar.

Sin embargo,¿qué sucede cuando dejamos de considerar el estrés como una respuesta ante determinadas circunstancias y comenzamos a convertirlo en nuestra manera habitual de vivir?

En mi experiencia acompañando procesos de desarrollo personal, he observado algo que me parece importante distinguir: no es lo mismo atravesar una etapa de estrés que construir una vida alrededor de el.

Cuando la tensión se vuelve cotidiana, podemos acostumbrarnos a vivir aceleradas, anticipando problemas, resolviendo antes de que nos pidan ayuda y sintiendo culpa cuando descansamos. Poco a poco, estar ocupadas, cansadas y pendientes de todo puede comenzar a parecernos normal.

El problema es que nuestro organismo también aprende ese ritmo.

Cuando vivir en alerta parece normal

El estrés es una respuesta biológica del organismo frente a una situación que percibimos como amenazante,el organismo libera cortisol para disponer de energía suficiente para responder. El desafío aparece cuando esa respuesta se prolonga en el tiempo.

Y aquí aparece una pregunta que pocas veces nos hacemos:

¿Qué pasa cuando el “peligro” ya no es un acontecimiento puntual, sino nuestra forma cotidiana de vivir?

Exceso de trabajo, preocupaciones constantes, dificultad para dormir, cansancio físico y mental, problemas para concentrarnos o retener información y sensación de agotamiento pueden convertirse en señales que normalizamos.

Nos acostumbramos a funcionar cansadas, porque cuando llevamos demasiado tiempo sobreviviendo, podemos llegar a pensar que nuestro estado de alerta es simplemente nuestra personalidad.

El piloto automático también puede ser una forma de estrés

Hay otra dimensión que considero fundamental mencionar: muchas veces no nos damos cuenta de cuánto tiempo pasamos en piloto automático.

Hacemos una cosa mientras pensamos en cinco más. Comemos sin saborear. Escuchamos a alguien mientras nuestra mente está preparando la respuesta. Nos bañamos pensando en el trabajo. Nos acostamos cansadas y, en lugar de descansar, seguimos resolviendo mentalmente el día siguiente.

El programa de mindfulness para reducción del estrés propone precisamente explorar esta relación entre mente distraída, estrés y piloto automático, aprendiendo a reconocer lo que sucede sin intentar juzgarlo inmediatamente.

Para mí, este punto es esencial, no podemos transformar aquello que ni siquiera alcanzamos a observar.

Recuperar el equilibrio comienza por regresar al cuerpo

Cuando estamos acostumbradas a vivir desde la exigencia, nuestra atención suele estar casi exclusivamente en la cabeza: pendientes, decisiones, problemas, escenarios futuros.

El cuerpo queda relegado.

Sin embargo, el cuerpo puede convertirse en una puerta de entrada para recuperar presencia.Una respiración más consciente. Sentir los pies sobre el suelo. Percibir los hombros. Reconocer la tensión de la mandíbula. Notar el cansancio antes de llegar al límite.

Y no se trata de obligarnos a relajarnos.Se trata primero de darnos cuenta de cómo estamos.Y ese darse cuenta ya es una forma de comenzar a cuidarnos.

No necesitas controlar tu mente; necesitas relacionarte diferente con ella

Una de las ideas que más me interesa transmitir cuando hablo de mindfulness es que una mente que se distrae no está fallando.La mente errante es parte de nuestra experiencia.Y entonces el entrenamiento consiste en reconocer que nos fuimos, observarlo sin castigarnos y regresar.Una y otra vez.

El programa de reducción del estrés trabaja justamente con esta idea: normalizar la mente errante, reconocer los pensamientos como pensamientos y comprender mindfulness como un proceso, no como un objetivo que tenemos que alcanzar perfectamente.Y esto cambia mucho las cosas.

Porque incluso nuestra práctica de autocuidado puede convertirse en otra exigencia: “Tengo que meditar perfectamente”, “Tengo que dejar la mente en blanco”, “Tengo que estar tranquila”. Y no se trata de eso.

También podemos aprender a tratarnos con amabilidad cuando no estamos tranquilas.

La compasión también regular nuestra manera de vivir

Aquí aparece una pieza que considero inseparable del mindfulness: la autocompasión.

Si después de reconocer que estamos cansadas nos decimos: “¡Qué mal, otra vez estoy estresada! Debería poder manejarlo mejor”, acabamos de agregar una segunda capa de sufrimiento.

Sin embargo podemos intentar algo diferente:

“Estoy pasando por un momento difícil. Puedo detenerme. Puedo escucharme. ¿Qué necesito ahora?”

Desde mi perspectiva, esto es autocuidado consciente: no solamente hacer algo por nuestro bienestar, sino dejar de violentarnos internamente mientras intentamos sostener nuestra vida.

Pequeñas acciones para recuperar tu equilibrio interno

No necesitas transformar toda tu vida mañana.

Puedes comenzar con pequeñas pausas:

Al despertar: antes de tomar el teléfono, siente tu respiración durante tres ciclos.

Durante el día: identifica un momento en el que estés actuando en automático y detente unos segundos.

Ante una situación difícil: observa qué sucede en tu cuerpo antes de reaccionar.

Al comer: realiza al menos algunos minutos de la comida con plena atención.

Al terminar el día: pregúntate qué necesitó hoy tu cuerpo y qué necesitó tu mente.

Estas prácticas tienen algo en común: te devuelven a ti.

Conclusión: no eres tu estrés

Quizá una de las preguntas más importantes que podemos hacernos es:

¿Quién soy cuando no estoy resolviendo, corriendo, cumpliendo o cuidando a todos?

Si durante mucho tiempo has vivido en alerta, recuperar el equilibrio puede sentirse extraño al principio. Tal vez incluso aparezca culpa cuando descanses.

Sin embargo, descansar no significa abandonar tus responsabilidades.

Pausar no significa dejar de avanzar.

Y bajar el ritmo no significa perder tu capacidad.

Significa recuperar la posibilidad de elegir cómo quieres vivir.

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