La tiranía de la ternura: City marketing, ajolotes y el derecho a nuestra propia identidad.

“Recordar cómo eran nuestros espacios, cómo los habitamos diariamente y los modificamos con nuestra presencia, resulta ser un acto fundamental de supervivencia cultural”.

La invasión silenciosa (y rosa)

Caminando por las calles de nuestra esquizofrénica y gloriosamente caótica capital, resulta imposible no sentirse observado. No me refiero a las cámaras de vigilancia ni a la mirada del vecino fisgón que anota a qué hora llegas, sino a una presencia tierna, acuática y absolutamente omnipresente. El ajolote está en todas partes. Ha colonizado de manera silenciosa los muros recién pintados de las avenidas principales, las campañas de movilidad, los billetes que nadie quiere soltar, los peluches piratas del centro y hasta las libretas de diseño en las zonas más exclusivas. Pareciera que la metrópoli ha decidido, en un arrebato de ternura corporativa, que su nuevo animal espiritual es un anfibio que se niega a crecer.

Seamos honestos, la estrategia es comunicacionalmente brillante. ¿Quién podría enojarse de manera genuina con esa carita perpetuamente sonriente mientras espera, apretujado, un transporte público que viene con retraso? Es la mascota perfecta para anestesiar la frustración urbana.

Maquillaje de estadio para el gran evento

Esta “ajolotización” intensiva de nuestra gráfica pública no es producto de una explosión biológica espontánea ni de un amor ecologista generalizado. Es, más bien, una calculada y muy eficiente obra de relaciones públicas. Con la inercia del próximo Mundial de Fútbol respirándonos en la nuca, la capital necesita imperiosamente lucir cosmopolita, amigable y, sobre todo, empaquetable para el veloz consumo de las masas internacionales.

En el ámbito de los estudios urbanos, académicos como Mihalis Kavaratzis han desmenuzado cómo el city branding, o la construcción de la marca ciudad, va muchísimo más allá de encargar un logotipo simpático a una agencia creativa; se trata de gestionar, moldear y manipular estratégicamente la percepción de un lugar para atraer capital extranjero, fomentar el turismo y proyectar una ilusión de impecable estabilidad. Es un ejercicio puro de seducción institucional donde la ciudad se viste de gala. En nuestro caso actual, el vestido es color rosa pastel y viene equipado con pequeñas branquias externas. Resulta comprensible buscar un símbolo que pacifique, pero al estetizar cada rincón disponible con la misma paleta de colores preaprobada, corremos el riesgo de plastificar nuestra esencia hasta volverla irreconocible.

La cultura viva contra la botarga corporativa

Aquí es donde la ironía costumbrista exige dar paso a una reflexión más profunda. Mientras este anfibio sonriente se multiplica sin freno en los espectaculares de las avenidas, el ciudadano de a pie sigue enfrentándose a una ciudad que es un hervidero constante de contrastes. Nuestra identidad no es un producto de diseño esterilizado, ni nació en una junta de directivos buscando agradar a las delegaciones deportivas internacionales.

La sociedad capitalina es turbulenta, orgánica y gloriosamente estridente. Se ha construido a pulso a través del comercio informal, en la cadencia de la cumbia sonidera que retumba en las esquinas, en la gráfica popular y atrevida de los tianguis, en los rótulos extravagantes de las taquerías barriales y en el caos hermoso de lo cotidiano. Todo esto conforma una cultura viva, una dinámica barrial que respira por sí misma. Intentar encapsular toda esa furia, historia y resistencia ciudadana en una botarga publicitaria es recortar burdamente nuestra narrativa colectiva. La cultura urbana contemporánea no necesita ser domesticada para ser válida; su valor absoluto reside en su indomable espontaneidad colectiva.

La memoria colectiva como escudo ciudadano

El peligro mayúsculo de esta sobreexposición estética es que terminemos convirtiéndonos en simples turistas despistados de nuestra propia cotidianidad. La socióloga Sharon Zukin advierte lúcidamente sobre los peligros de la “economía simbólica”; un fenómeno devastador donde la cultura visual y las imágenes de alto diseño se instrumentalizan para pacificar, controlar y encarecer el espacio público. Cuando todo a tu alrededor está diseñado milimétricamente para ser el fondo perfecto de una fotografía en redes sociales o la toma de transición de un mega evento deportivo, el espacio pierde su vocación comunitaria y se transforma en un escaparate aséptico.

Frente a esta imposición de un marketing edulcorado, la memoria colectiva debe fungir como nuestro principal escudo. Recordar cómo eran nuestros espacios, cómo los habitamos diariamente y los modificamos con nuestra presencia, resulta ser un acto fundamental de supervivencia cultural. La apropiación orgánica del espacio público por parte de sus habitantes es el antídoto principal contra la homogeneización. No podemos permitir que la identidad histórica de los barrios populares sea reemplazada por una vacía escenografía de cartón piedra, por muy sonriente que aparente ser.

El inalienable derecho a la propia metrópoli

El pensador David Harvey, en sus tratados sobre el “derecho a la ciudad”, nos recuerda de forma tajante que este concepto no se limita simplemente a gozar de calles recién pavimentadas o luminarias funcionales. Es, fundamentalmente, el inquebrantable derecho colectivo y activo a reinventarnos a nosotros mismos al cambiar, intervenir y significar la urbe que habitamos.

Embellecer nuestras avenidas y promover el cuidado de las especies locales es, sin lugar a dudas, un loable esfuerzo institucional. Sin embargo, como parte de este equipo editorial, no debemos permitir jamás que semejante sobredosis de ternura burocrática nos arrebate el derecho a seguir siendo esa metrópoli compleja, desafiante y visceral. Defendamos nuestra auténtica capital, aquella ciudad que se resiste a caber dentro de una simple postal.

Fuentes:

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