La voz que nació tras las rejas y transformó eldolor en justicia

: José Humbertus Pérez Espinoza

Existen historias que no se cuentan en libros, sino en la propia piel de quienes las viven.
Esta es la historia de José Humbertus Pérez Espinoza, un hombre que conoció de cerca el
encierro, la injusticia y el dolor más profundo, y que en lugar de rendirse, transformó su
sufrimiento en una causa noble: la defensa de los falsos culpables, de quienes han sido
víctimas de delitos fabricados, de aquellas personas que están privadas de su libertad sin
haber cometido lo que se les imputa. Su historia no comenzó en un despacho, ni en un
foro, sino dentro de las paredes frías del Penal de Chiconautla, en Ecatepec, Estado de
México. Allí, entre rejas y silencios, nació la Asociación Presunción de Inocencia y Derechos
Humanos, un proyecto que no surgió de la nada, sino de la experiencia vivida, de la carne
propia.
Todo comenzó en 2015, cuando José Humbertus fue encarcelado tras denunciar fraudes y
despojos masivos de vivienda. En lugar de ser escuchado, la Fiscalía del Estado de México
le fabricó cuatro carpetas de investigación por supuestos delitos de extorsión y robo a casa
habitación —acusaciones que jamás cometió. Durante su ingreso al penal, fue víctima de
detención ilegal, incomunicación y tortura por asfixia, métodos crueles utilizados para
obtener confesiones falsas. Lo que siguió fue más de cuatro años de encierro, tiempo
durante el cual soportó no solo la prisión, sino la pérdida más dolorosa: falleció su madre y
no se le permitió ni siquiera darle una despedida digna. Le negaron el derecho humano
más elemental de acompañar a quien le dio la vida en su último momento. Ese dolor, esa
herida que jamás cierra, fue la semilla de su lucha. Mientras abusaban de él en todos los
sentidos, mientras se le negaba hasta lo más básico, él comprendió que no era el único.
Que a su alrededor había cientos, miles de personas en la misma situación: presos
inocentes, víctimas de un sistema que se preocupa más por llenar expedientes que por
buscar la verdad.
Pero José Humbertus no se calló. Desde dentro del penal, empezó a luchar no solo por su
libertad, sino por la de todos los que estaban como él. El 4 y 24 de mayo de 2016, los
internos informaron al presidente del Tribunal Superior de Justicia del Estado de México,
Sergio Medina Peñaloza, sobre la fabricación de carpetas de investigación y el uso de
tortura para obtener confesiones, demandando celeridad en las investigaciones. La
petición no fue atendida, razón por la cual promovieron el juicio de Amparo 1595/2016-III,
un recurso que marcaría un antes y un después en la justicia mexiquense.
El 18 de julio de 2017 fue el amparo y el Juzgado Décimo Tercero de Distrito en el Estado
de México resolvió de manera histórica: “La Justicia de la Unión ampara y protege” a los
395 internos del penal de Chiconautla que promovieron el recurso. El fallo obligaba a las
autoridades a reabrir sus expedientes por fabricación de delitos y tortura, y a sustituir la
prisión preventiva por libertad bajo caución. Se ordenó al Ministerio Público de la Mesa
Octava adscrito a la Fiscalía Especial de Delitos Cometidos por Servidores Públicos tomar la
ratificación por los presuntos delitos de tortura y fabricación de delitos, practicar
exámenes periciales conforme al Protocolo de Estambul, y disponía de 60 días naturales
para formular nuevas imputaciones o determinar el no ejercicio de la acción penal.
Además, se ordenó sustituir la prisión preventiva por medidas económicas alternas,
permitiendo que enfrentaran el proceso en libertad tras cubrir una fianza.
Este triunfo legal sentó precedentes históricos. En el caso particular de José Humbertus,
los recursos legales interpuestos demostraron la falsedad de las acusaciones —como el
supuesto robo con violencia— y la manipulación de pruebas en su contra. Tras más de
cuatro años de lucha, en enero de 2020 fue liberado y declarado absuelto, demostrando
que todo fue una construcción ajena a su vida y a su historia. Pero lo más extraordinario
no es que recuperara su libertad, sino que no guardó rencor ni se encerró en su dolor. Al
contrario: decidió convertir su experiencia en una herramienta de transformación. Dijo: “Si
yo sufrí esto, no quiero que nadie más lo sufra”. Y así, desde el mismo lugar donde fue
encerrado injustamente, empezó a ayudar.
Lo que hace diferente y valioso su trabajo es algo que hoy en día es casi excepcional: no
tiene costo, no lucra, no cobra. La Asociación Presunción de Inocencia y Derechos
Humanos nació como uno de los pocos colectivos —y durante mucho tiempo el único—
sin fines de lucro, donde el único interés es la justicia. No hay tarifas, no hay cobros por
gestiones, no hay intereses ocultos. La única moneda que acepta es la verdad y la libertad
de quienes fueron encarcelados injustamente. Esa es su riqueza, y esa es su fortaleza.
Desde el Penal de Chiconautla, su labor se extendió a todos los centros de reclusión del
Estado de México. Poco a poco, con constancia y sin hacer ruido, fue tejiendo una red de
apoyo que hoy se ha fortalecido enormemente. Llegó a celdas donde nadie más llegaba,
escuchó voces que nadie escuchaba, documentó casos que se habían perdido en la
burocracia del sistema. Denunció también que el 60% de los procesados bajo el viejo
sistema ordinario llevan hasta 12 años sin sentencia, a pesar de que la Constitución
establece que no pueden pasar más de dos años en esas condiciones. Asimismo, señaló
que hasta el 70% de las personas procesadas por robo sin violación tienen derecho a
fianza conforme a la Ley de Vigilancia de Medidas Cautelares, y que en delitos de alto
impacto pueden acceder a la preliberación con brazaletes electrónicos —normas que no
se aplican, manteniendo a personas en prisión preventiva de manera indiscriminada.
Su lucha es clara y contundente: contra los delitos fabricados, contra la falsa acusación,
contra quienes destruyen hogares y separan familias sin importarles el daño que causan. Él
sabe de lo que habla, porque lo vivió en carne propia. Sabe que hay personas que están
pagando penas por cosas que nunca hicieron, que hay expedientes armados, que hay
intereses detrás de acusaciones que no resisten un análisis serio. Y por eso no calla. Por
eso insiste, por eso persiste. Tras su liberación, ha continuado impulsando mecanismos
como la Ley de Amnistía para personas injustamente encarceladas en el país,
manteniéndose firme en su compromiso con los derechos humanos.
A veces se le pregunta por qué lo hace si no gana nada. Y la respuesta es sencilla pero
profunda: porque sabe lo que se siente. Porque cuando él estuvo en el fondo del abismo,
comprendió que la libertad es el bien más preciado que tiene una persona, y que
arrebatársela a alguien inocente es una de las peores injusticias que pueden cometerse.
No necesita cobrar para sentir que su trabajo vale la pena; basta con ver a alguien
recuperar su libertad, volver con su familia, recuperar su nombre y su dignidad.
Su historia nos enseña que la mayor transformación nace del dolor cuando se decide
transformarlo en amor al prójimo. Perdió a su madre y no pudo despedirse, pero en lugar
de amargar el alma, decidió cuidar a los hijos de otros, a las madres de otros, a las familias
que también estaban sufriendo la ausencia injusta de un ser querido. Esa es la grandeza de
su causa: no es por dinero, no es por reconocimiento, es por justicia.
Hoy, la Asociación Presunción de Inocencia y Derechos Humanos sigue creciendo,
fortaleciéndose y extendiendo su mano. Sigue siendo ese espacio donde no se le pregunta
a la persona cuánto puede pagar, sino qué verdad tiene que contar. Sigue siendo el refugio
de quienes el sistema olvidó, de quienes fueron señalados sin pruebas, de los falsos
culpables. Y mientras exista una sola persona injustamente privada de su libertad, José
Humbertus Pérez Espinoza seguirá ahí: firme, sin cobrar, sin rendirse. Porque él sabe lo que
es estar encerrado sin culpa, y sabe también que la verdad, aunque tarde, siempre sale a
la luz. Su vida es testimonio de que la mayor fuerza no está en los puestos ni en el dinero,
sino en la capacidad de levantarse después de haber caído al fondo, y tender la mano a
quien sigue abajo.

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