
Al pensar en el Imperio Azteca, nuestra mente suele evocar imágenes de una civilización ancestral, envuelta en la neblina de un pasado remoto y mítico. Por otro lado, al imaginar la Universidad de Oxford, visualizamos una institución académica estructurada, representativa del pensamiento y la tradición occidental. Sin embargo, la cronología histórica nos regala una de sus paradojas más fascinantes: cuando los primeros cimientos de la capital azteca apenas comenzaban a erigirse, los estudiantes en Inglaterra ya llevaban más de dos siglos asistiendo a clases.
Los registros documentales indican que la enseñanza en Oxford, aunque de manera informal y descentralizada en sus inicios, comenzó alrededor del año 1096. No se trataba de un campus universitario tal y como lo conocemos hoy en día, sino de agrupaciones de clérigos, monjes y eruditos que se reunían alrededor de las iglesias locales para debatir sobre teología, derecho y filosofía. La institución cobró verdadera fuerza y estructura en el año 1167, cuando el rey Enrique II prohibió a los estudiantes ingleses asistir a la Universidad de París, obligando al talento local a concentrarse en Oxford. Para el siglo XIII, la universidad ya contaba con residencias estudiantiles, decanos y un plan de estudios sumamente riguroso.
A más de 8,000 kilómetros de distancia, la historia de Mesoamérica escribía un capítulo completamente diferente. Durante esos mismos años en los que Oxford consolidaba su prestigio en Europa, el pueblo mexica aún era una tribu nómada que peregrinaba desde la mítica región de Aztlán. No fue sino hasta el año 1325 cuando, de acuerdo con la tradición, encontraron la señal profetizada por sus deidades —un águila devorando a una serpiente sobre un nopal— y fundaron la ciudad de Tenochtitlán en un pequeño islote del lago de Texcoco. Además, el Imperio Azteca como entidad política, económica y militar hegemónica (conocida como la Triple Alianza) no se formaría formalmente hasta el año 1428, más de trescientos años después de las primeras cátedras impartidas en Inglaterra.
¿Por qué esta comparación nos resulta tan contraintuitiva e impactante? La respuesta radica en la forma en que solemos estudiar y compartimentar la historia. La narrativa eurocéntrica tradicional tiende a agrupar a las culturas precolombinas bajo la etiqueta genérica de “antigüedad”, separándolas mentalmente de la Edad Media y el Renacimiento europeo. Este sesgo temporal nos hace olvidar que, mientras los académicos ingleses traducían textos aristotélicos bajo pesados techos de piedra, los ingenieros mexicas apenas comenzaban a inventar su sofisticado sistema de cultivo en chinampas y a levantar las primeras piedras de los templos que deslumbrarían a los exploradores siglos después.
Esta asombrosa superposición nos recuerda que la historia humana no avanza en una línea recta y uniforme para todos, sino que es un tapiz donde el rigor académico en un continente coexistió con el nacimiento salvaje y nómada de un imperio en otro.
