

¿Quién soy cuando nadie me está mirando?
Hay una frase que dice: “No vemos el mundo tal como es, sino como somos.”
Y quizá vale la pena detenernos un momento en ella.
Pasamos gran parte de nuestra vida hablando de lo que ocurre afuera: de la familia, de la pareja, del trabajo, de las decepciones, de las pérdidas, de las circunstancias que nos tocaron vivir. Hablamos de aquello que nos hicieron, de lo que nos dijeron y de lo que nos faltó.
Pero pocas veces nos detenemos a mirar algo más profundo:
¿Desde dónde estoy viviendo todo eso?
Porque no solamente importa lo que nos sucede. También importa la estructura interna desde la que lo interpretamos, lo sentimos y respondemos.
Me gusta imaginarla como una casa.
Por fuera podemos observar las paredes, las puertas y las ventanas. Pero una casa no se sostiene únicamente por aquello que podemos ver. Debajo existen cimientos; dentro hay estructuras que le dan estabilidad y espacios desde los cuales podemos mirar hacia afuera.
Algo parecido ocurre con nosotros.
Nuestra estructura interna se va construyendo a lo largo de la vida: con nuestras experiencias, vínculos, aprendizajes, pérdidas, afectos, creencias y también con las conclusiones que fuimos sacando sobre nosotros mismos y sobre el mundo.
Y cada persona construye una casa diferente.
Algunas tienen cimientos firmes. Otras han tenido que sostenerse sobre terrenos difíciles. Algunas ocupan reparaciones que llevan años esperando. Otras tienen habitaciones que permanecen cerradas porque entrar en ellas todavía duele.
Los cimientos
Los cimientos podrían representar nuestras creencias más profundas.
Esas ideas que, de tanto escucharlas, vivirlas o repetirlas, terminamos confundiendo con verdades:
“No soy suficiente.”
“Tengo que poder con todo.”
“Si no soy útil, no me van a querer.”
“No puedo confiar en nadie.”
“Para que alguien se quede, tengo que hacer méritos.”
Muchas de estas creencias no nacieron porque nosotros las eligiéramos. Se construyeron mientras aprendíamos a relacionarnos con el mundo.
El problema aparece cuando seguimos viviendo desde ellas incluso cuando las circunstancias ya cambiaron.
En ocasiones no estamos reaccionando únicamente ante lo que está ocurriendo hoy.
Estamos reaccionando también ante lo que aprendimos que significaba algo parecido en el pasado.
Por eso, quizá no siempre necesitamos preguntarnos solamente “¿por qué me pasa esto?”, sino también:
“¿Qué estoy creyendo acerca de mí a partir de lo que me está pasando?”
Las paredes
Las paredes representan nuestra capacidad para sentir y sostener nuestras emociones.
Durante mucho tiempo hemos confundido fortaleza con no sentir.
Como si ser fuerte significara no llorar, no tener miedo, no necesitar a nadie o poder continuar como si nada hubiera ocurrido.
Pero una casa sólida no es aquella a la que nunca llega una tormenta.
Es aquella que puede atravesarla sin derrumbarse.
La tristeza no necesariamente significa debilidad.
El miedo no significa incapacidad.
El enojo no nos convierte en malas personas.
Las emociones forman parte de nuestra experiencia humana. Nos informan, nos muestran necesidades, límites, pérdidas y aquello que nos importa.
El verdadero trabajo no consiste en dejar de sentir.
Consiste en aprender a sentir sin que la emoción decida por completo quiénes somos o qué hacemos.
Puedo estar triste y seguir siendo yo.
Puedo sentir miedo y aun así avanzar.
Puedo estar enojada y decidir no lastimar.
Puedo sentir incertidumbre sin tener que resolver inmediatamente todo lo que no puedo controlar.
Eso también es construir paredes.
Las ventanas
Y después están las ventanas.
Porque no solamente importa lo que llevamos dentro, sino desde dónde miramos hacia afuera.
Nuestras experiencias pueden convertirse en filtros.
Alguien que ha sido traicionado puede aprender a desconfiar. Alguien que ha sido rechazado puede comenzar a buscar señales de abandono. Alguien que ha crecido sintiendo que tenía que demostrar su valor puede pasar gran parte de su vida intentando ser suficiente para los demás.
Y entonces sucede algo interesante:
A veces no respondemos únicamente a lo que está ocurriendo.
Respondemos a lo que creemos que significa aquello que está ocurriendo.
Esto no significa que todo lo que vivimos sea producto de nuestra estructura interna. Hay circunstancias “injustas”, pérdidas reales, vínculos dañinos y situaciones que están fuera de nuestro control.
No todo está en nuestra mente.
Pero sí existe una parte de nuestra experiencia que podemos trabajar: la manera en que interpretamos, procesamos y respondemos a lo que nos sucede.
El techo
Quizá el techo sea la parte que más me interesa.
Porque ahí aparece una pregunta que parece sencilla, pero que puede resultar profundamente incómoda:
¿Quién soy cuando nadie me está mirando?
¿Quién soy cuando no ocupo demostrar nada?
¿Quién soy cuando no estoy intentando agradar?
¿Quién soy cuando no soy la pareja de alguien, cuando no estoy trabajando, cuando nadie ocupa algo de mí?
Muchas veces construimos nuestra identidad alrededor de nuestros roles.
Soy quien cuida.
Soy quien resuelve.
Soy quien trabaja.
Soy quien siempre está.
Soy quien necesita que me necesiten.
Y cuando alguno de esos papeles desaparece, sentimos que algo de nosotros también desapareció.
Pero somos más que nuestros roles.
Puedo equivocarme y seguir siendo una persona valiosa.
Puedo poner límites y seguir siendo buena persona.
Puedo ocupar ayuda sin ser débil.
Puedo dejar de pertenecer a un lugar y no dejar de pertenecerme a mí.
Puedo cambiar y continuar siendo yo.
Por eso, nuestros valores son tan importantes.
Porque cuando nadie está mirando, cuando no hay aplausos ni aprobación, son nuestros valores los que pueden orientarnos.
Entonces, ¿podemos cambiar nuestra estructura interna?
Por supuesto que sí.
Aunque no es tarea fácil.
No se trata de repetir frases positivas hasta convencernos de algo que internamente todavía no podemos creer.
Cambiar implica mirar.
Mirar aquello que aprendimos.
Mirar nuestras heridas.
Mirar nuestras formas de relacionarnos.
Mirar las veces que hemos elegido desde el miedo.
Mirar las veces que hemos confundido amor con sacrificio, fortaleza con silencio o aceptación con renuncia a nosotros mismos.
Y, sobre todo, aprender nuevas formas de estar con nosotros.
Por eso la terapia puede ser un espacio tan importante. No porque alguien venga a construir nuestra casa por nosotros, sino porque a veces ocupamos un lugar seguro desde el cual observarla, comprender cómo fue construida y aprender a modificarla.
Tal vez algunas paredes ocupen refuerzo.
Tal vez algunos cimientos ocupen revisarse.
Tal vez haya ventanas que llevamos demasiado tiempo cerrando.
Y quizá también descubramos que algunas partes de nuestra casa no ocupa ser destruidas; simplemente ocupa ser comprendidas.
Hacer de la casa un hogar
Fortalecer nuestra estructura interna no significa que nada volverá a dolernos.
No significa que las críticas dejarán de importar, que nunca tendremos miedo o que las pérdidas dejarán de afectarnos.
Significa algo mucho más humano:
que podremos sostenernos incluso cuando la vida no se comporte como esperábamos.
Porque cuando sabemos quiénes somos, una crítica puede doler sin destruirnos.
Un rechazo puede lastimarnos sin definir nuestro valor.
Una pérdida puede cambiar nuestra vida sin obligarnos a perdernos a nosotros mismos.
Y quizá crecer psicológicamente no consiste en construir una casa perfecta.
Consiste en aprender a habitarla.
Con sus habitaciones luminosas y sus rincones oscuros.
Con las reparaciones pendientes.
Con las ventanas que alguna vez tuvimos que cerrar para protegernos y que quizá hoy podamos volver a abrir.
Nuestra estructura interna no está terminada.
Se transforma con nosotros.
Podemos reforzarla, repararla, cuestionarla y, cuando sea necesario, reconstruir algunas partes.
Porque no elegimos todos los materiales con los que fue construida nuestra casa.
Pero sí podemos decidir qué hacemos con ella a partir de ahora.
Es tu casa.
Cuídala.
Repara lo que ocupe reparación.
Abre las ventanas.
Y cuestionate ¿ en quien me quiero convertir cuando nadie me ve?
Semblanza
Karen Arana
Psicóloga clínica, especialista en desarrollo humano y tanatologia. Apasionada por la salud mental y el bienestar integral, luchadora incansable contra la violencia de género
“Está bien dejar que quienes te quieren te apoyen”.
Sígueme en mis redes sociales como:
psicologa.kar
Instastagram, Facebook, Tik-Tok
Citas on-line
Whatsapp
5535933869
