El legado de una idea que cambió a la humanidad
PARTE IV
México descubre el seguro: los primeros pasos de una industria


“La historia del seguro no es únicamente la historia de las aseguradoras; es la historia de cómo la humanidad aprendió a compartir los riesgos, proteger su patrimonio, cuidar de su familia y construir un futuro con mayor certeza.”
En nuestra entrega anterior seguimos al seguro en su travesía a través del Atlántico.
Vimos cómo el crecimiento del comercio entre Europa y América convirtió al océano en una extraordinaria vía de intercambio, pero también en un territorio lleno de incertidumbre. Tormentas, naufragios, piratas, incendios y accidentes podían hacer desaparecer en unas horas fortunas construidas durante años.
El seguro había llegado a América acompañando barcos y mercancías.
Pero faltaba un paso fundamental:
que comenzara a echar raíces en México.
Veracruz: donde comenzó la historia
Para encontrar uno de los momentos más importantes de la historia del seguro en nuestro país debemos viajar al Veracruz de finales del siglo XVIII.
En aquella época, el puerto era una de las principales puertas comerciales de la Nueva España. Por ahí transitaban mercancías, capitales y buena parte del intercambio con Europa.
Y donde existe comercio, inevitablemente existe riesgo.
Fue precisamente en ese escenario donde, en 1789, se constituyó en Veracruz la que es reconocida como la primera empresa aseguradora de México: la Compañía de Seguros Marítimos de Nueva España.
Su propósito era cubrir riesgos relacionados con el comercio marítimo y con las rutas que comunicaban a España con sus territorios americanos, conocidas como la Carrera de las Indias.
No fue una casualidad que el seguro mexicano naciera frente al mar.
En muchas partes del mundo había ocurrido algo semejante.
Durante siglos, el océano había sido al mismo tiempo fuente de riqueza y escenario de enormes pérdidas.
Una noticia publicada en 1788
Existe un documento que nos permite acercarnos de una manera extraordinaria a aquel momento.
El 22 de diciembre de 1788, la Gazeta de México informó sobre el establecimiento de una compañía de seguros en Veracruz.
El proyecto contemplaba un fondo de 230 mil pesos, distribuido en 4,600 acciones de 50 pesos cada una, y se establecía que comenzaría sus actividades el 1 de enero de 1789.
Detrás de aquellos números había una necesidad muy concreta.
Los comerciantes de la Nueva España necesitaban asegurar los intereses y mercancías que embarcaban, pero en muchas ocasiones no tenían tiempo suficiente para enviar instrucciones a Cádiz u otros centros comerciales donde tradicionalmente se realizaban esas operaciones.
La solución resultaba extraordinariamente lógica:
si el riesgo estaba en Veracruz, ¿por qué no asegurarlo desde Veracruz?
Aquella decisión representa mucho más que la creación de una compañía.
Representa el momento en que el seguro comenzó a adquirir una presencia institucional propia en nuestro territorio.
El primer intento no fue fácil
La historia de aquella primera aseguradora también nos deja una enseñanza importante.
Los registros disponibles indican que la compañía fue creada con una duración inicialmente prevista de cinco años. Sin embargo, no se conserva evidencia numérica suficiente sobre el volumen de sus operaciones y las referencias históricas señalan que finalmente fracasó.
Pero fracasar no significa carecer de importancia histórica.
Muchas instituciones que transformaron posteriormente una industria comenzaron con intentos imperfectos.
La Compañía de Seguros Marítimos de Nueva España había demostrado que en nuestro territorio existía una necesidad real de administrar y compartir riesgos.
La semilla estaba plantada.
Independencia: un país comienza de nuevo
Pocas décadas después, México viviría una de las mayores transformaciones de su historia.
La lucha de Independencia iniciada en 1810 y consumada en 1821 alteró profundamente las estructuras políticas, económicas y comerciales del territorio.
Para la actividad aseguradora fue un periodo complicado.
El país que comenzaba a construir sus propias instituciones enfrentaba inestabilidad política y económica, por lo que el desarrollo del seguro durante buena parte de la primera mitad del siglo XIX fue modesto.
Sin embargo, el principio que había dado origen al seguro continuaba siendo necesario.
Los barcos seguían navegando.
Las mercancías seguían transportándose.
Los comerciantes continuaban invirtiendo.
Y el patrimonio seguía estando expuesto a pérdidas.
1854: el seguro entra en la legislación comercial
Al comenzar la segunda mitad del siglo XIX encontramos otro momento fundamental.
El 17 de mayo de 1854 fue promulgado el Código de Comercio conocido como Código Lares.
Este ordenamiento ya contemplaba el contrato de seguro de conducción terrestre y los seguros marítimos.
Esto representa un cambio trascendente.
El seguro dejaba de ser solamente una práctica utilizada por comerciantes y comenzaba a encontrar un lugar dentro de la estructura jurídica mexicana.
La sociedad estaba reconociendo algo que hoy nos parece natural:
cuando alguien transfiere un riesgo y otra persona o institución acepta asumirlo, deben existir reglas claras para ambas partes.
Maximiliano y una nueva etapa del seguro
Durante el Segundo Imperio Mexicano, encabezado por Maximiliano de Habsburgo, la actividad aseguradora recibió un nuevo impulso.
En aquellos años comenzaron a establecerse diversas compañías relacionadas con seguros de vida y contra incendio.
En 1865 apareció La Previsora, reconocida como la primera compañía de seguros mutuos contra incendio en México.
El seguro comenzaba así a salir del ámbito predominantemente marítimo.
Ya no se trataba únicamente de proteger embarcaciones y mercancías.
Ahora también comenzaban a asegurarse edificios, actividades comerciales y, progresivamente, la vida de las personas.
Y con ese cambio surgía una pregunta mucho más cercana a nosotros:
¿qué sucederá con mi patrimonio o con mi familia si ocurre algo inesperado?
Del comercio a la protección patrimonial
Aquí encontramos una de las transformaciones más importantes de toda esta historia.
El seguro nació ligado al comercio porque era necesario proteger las inversiones.
Pero con el paso del tiempo comenzó a acercarse a las familias.
Una casa podía incendiarse.
Un negocio podía desaparecer.
Una persona podía fallecer inesperadamente.
Y detrás de cada uno de esos acontecimientos existían consecuencias económicas.
Por eso el seguro fue evolucionando.
De proteger barcos pasó a proteger mercancías.
De las mercancías pasó a los edificios.
De los edificios pasó a las empresas.
Y finalmente llegó a algo todavía más importante:
proteger el patrimonio y el futuro de las personas.
Proteger también es construir riqueza
Existe una idea que considero fundamental cuando hablamos de cultura aseguradora.
Durante nuestra vida dedicamos años a construir patrimonio.
Compramos una vivienda.
Creamos una empresa.
Ahorramos.
Invertimos.
Educamos a nuestros hijos.
Planeamos nuestro retiro.
Todo ello representa riqueza construida a través del tiempo.
Pero existe una segunda responsabilidad que muchas veces olvidamos:
proteger aquello que hemos construido.
Una enfermedad grave, un incendio, un accidente o la muerte inesperada de quien sostiene económicamente a una familia pueden destruir en poco tiempo el resultado de décadas de esfuerzo.
El seguro no evita que esos acontecimientos ocurran.
Su función es impedir, en la medida de lo posible, que una desgracia se convierta además en una catástrofe financiera.
Por eso una verdadera cultura financiera no debería limitarse a enseñarnos cómo ganar, ahorrar o invertir dinero.
También debería enseñarnos cómo protegerlo.
México necesitaba reglas
Hacia finales del siglo XIX, la actividad aseguradora mexicana había cambiado considerablemente.
Existían compañías nacionales y extranjeras realizando operaciones en el país.
El mercado crecía.
Pero cuanto más crecía, más evidente se hacía otra necesidad:
regularlo.
¿Quién podía ofrecer seguros?
¿Qué obligaciones debía asumir una compañía?
¿Cómo proteger a los asegurados?
¿De qué manera debía intervenir el Estado?
México estaba a punto de responder esas preguntas.
El 16 de diciembre de 1892 se promulgaría la Ley sobre Compañías de Seguros, considerada el primer ordenamiento específico dirigido a regular a las compañías aseguradoras que operaban en nuestro país.
Pero esa historia merece su propio capítulo.
¿Qué aprendimos?
Desde aquel puerto de Veracruz de 1789 hasta las primeras regulaciones del siglo XIX existe una enseñanza que sigue siendo vigente:
el desarrollo económico y la protección patrimonial deben avanzar juntos.
Una sociedad puede generar riqueza, construir empresas y formar patrimonios.
Pero si no desarrolla mecanismos para protegerlos, cada acontecimiento inesperado puede obligarla a comenzar nuevamente.
Por eso estoy convencido de que México necesita fortalecer su cultura del seguro.
No desde el miedo.
Desde el conocimiento.
No porque debamos vivir pensando que algo malo ocurrirá.
Sino porque comprender y administrar nuestros riesgos también forma parte de construir un futuro.
Continuará…
En poco más de un siglo, México había pasado de aquella primera compañía marítima de Veracruz a un mercado donde operaban distintas instituciones y donde el Estado comenzaba a establecer reglas.
El seguro mexicano estaba entrando en una nueva etapa.
En nuestra próxima entrega conoceremos las primeras aseguradoras mexicanas, la llegada de grandes compañías, la regulación del mercado y la transformación que experimentó el sector durante el Porfiriato.
PARTE V
Las primeras aseguradoras mexicanas: nace una industria
Porque conocer la historia del seguro no solamente nos permite entender de dónde venimos.
Nos ayuda a comprender algo todavía más importante:
crear patrimonio es una parte de nuestra responsabilidad; aprender a protegerlo es la otra.
Act. Joaquín Manuel Rangel Contreras
Especialista en Seguros, Pensiones y Protección Patrimonial
