

“Un rostro sin marcas es un rostro sin memoria personal”.
Hay una prisa incomprensible por desalojar el cuerpo físico. Si uno observa con detenimiento las vitrinas que ahora llevamos en el bolsillo se dará cuenta pronto de que las nuevas generaciones, ya firmaron su renuncia a la biología. El estándar actual exige una pulcritud que solo los píxeles pueden garantizar a largo plazo. Se abraza una hegemonía de la belleza digital donde el individuo de carne y hueso desaparece voluntariamente para ser sustituido por un avatar inexistente que asumen con una devoción pasmosa como su verdadero yo. No es un disfraz temporal para jugar un rato. Es una migración definitiva hacia un ecosistema virtual donde la piel no tiene poros y la luz jamás proyecta sombras traicioneras sobre las ojeras de la madrugada. El ser humano, parece estar cansado de sí mismo. Prefiere la asepsia de un rostro generado por inteligencia artificial porque este no envejece de manera natural ni muestra los estragos de haber pagado impuestos o sufrido una decepción amorosa. Es una perfección esterilizada que aísla al sujeto de su propia condición de mortal.
Desde mi lugar detrás de la cámara la normalización de este asco a la realidad es mi pan de cada día; he aprendido a anticipar el reflejo condicionado que sigue invariablemente al disparo del obturador. Apenas bajo el equipo y la persona retratada, me lanza la sentencia inexorable pidiendo la salvación estética. “Pero me photoshopeas” dicen casi a modo de ruego urgente. Es un mantra automático que escucho repetirse una y otra vez. Una cláusula de fe donde la imagen cruda que acabamos de capturar es apenas un borrador inaceptable de la existencia. Me exigen que la lente no documente lo que hay enfrente sino que construya lo que debería haber según un mandato corporativo ajeno a nosotros. La cámara ya no es vista como un notario de la luz. Ahora los clientes esperan que actúe como un cirujano complaciente capaz de extirpar cualquier indicio visual de que el sujeto pertenece a la imperfecta y sudorosa especie humana. La sesión fotográfica se convierte entonces en una confesión de inseguridades donde la óptica del lente es el enemigo a vencer.
En este afán de edición compulsiva el borrado de la historia humana ocurre con un simple e insensible deslizamiento del dedo pulgar sobre el cristal de la pantalla. Al exigir sistemáticamente que desaparezcan sus cicatrices de caídas infantiles o que se esfumen esas quemaduras accidentales para encajar dócilmente en el canon digital de moda las personas, se despojan de su propia biografía. Borran sin piedad el rastro de un accidente en bicicleta, pulverizan de un plumazo la herencia genética evidente de sus abuelos. Nos quitamos de encima la maravillosa posibilidad de resignificar nuestras experiencias traumáticas para convertirnos en vulgares lienzos en blanco estandarizados para el consumo rápido. Un rostro sin marcas es un rostro sin memoria personal. Y sin embargo esa amnesia facial es exactamente lo que el cliente busca con genuina desesperación en cada archivo exportado. Les aterra la idea de que alguien pueda leer su pasado a través de los relieves de su piel, prefieren el silencio visual de una epidermis alisada hasta el grado del absurdo.
Para entender este fenómeno sin escandalizarnos inútilmente ayuda mucho revisar los textos de Jakub Marek. Al explorar su análisis sobre el simulacro y la dismorfia impulsada por estas plataformas uno entiende que dejó atrás el escándalo inicial. El argumento de Marek resulta revelador porque destroza esa dicotomía ingenua que muchos críticos tradicionales todavía defienden a capa y espada. Esa vieja idea de que el rostro físico equivale siempre a lo real y el filtro de la pantalla equivale automáticamente a lo falso ya caducó por completo en la psique colectiva. Para el individuo hiperconectado de nuestro siglo el filtro no es de ninguna manera una máscara engañosa para ocultarse de los demás. Es en cambio una herramienta de identidad totalmente legítima frente a sus pares. La versión alterada que construyen en su teléfono celular se asimila íntimamente como una segunda naturaleza indiscutible. La piel filtrada es la verdad aspiracional que el usuario considera mil veces más auténtica que el reflejo aburrido que le devuelve el espejo del baño cada mañana antes de salir a trabajar.
La gravedad de este desplazamiento identitario se manifiesta hoy en los modernos quirófanos. Las clínicas de cirugía plástica, ya no reciben hordas de pacientes suplicando la nariz de una reconocida actriz de cine. Los referentes de belleza cambiaron de manera radical durante la última década. Las cirugías contemporáneas son un intento francamente desesperado del propio cuerpo físico por materializar en la vida diaria esa identidad visual digital con la cual el sujeto ya se siente verdaderamente cómodo. Llevan su propio retrato procesado por algoritmos directamente al médico cirujano. Le exigen de forma tajante que opere el milagro anatómico de convertir la carne orgánica en una extensión del software permanente. Es una exigencia inaudita donde el cuerpo biológico intenta alcanzar ciegamente la perfección matemática de un código de programación. Quieren forzar a la anatomía para ser su propio clon digital a cualquier costo financiero.
Y ante esta inminente avalancha de rostros ilusorios me surge una duda que me quita el sueño. Si logramos desterrar por completo la imperfección de la memoria física reemplazando nuestra humanidad por una superficie inmaculada calculada matemáticamente, ¿Quién o qué diablos habitará el espejo cuando en el mundo ocurra un enorme apagón?
Fuentes:
– Marek, J. (2023). Selfhood and simulacra: On the phenomenon of Snapchat dysmorphia. Filosofický časopis, (Special Issue 1), 67-88.
