Liturgia del “y si sí” y otras devociones

“¿A qué santo le rezamos cuando el milagro es un pase a cuartos de final y no la simple garantía de llegar vivo y con quincena a fin de mes?”

El árbitro pitó el final frente a Inglaterra y, por un instante, el país entero suspendió la respiración. Nos echaron del Mundial en nuestra propia casa, y el silencio que bajó de las gradas no fue el de la paz, sino el del luto riguroso. Hay que reconocerlo sin asomo de culpa: qué hermosura de tragedia. Qué envidiable es esa fe inquebrantable que nos convoca para congregarnos, esa ilusión de fe colectiva donde ricos, pobres, ilustrados y desposeídos se abrazan bajo el dogma de un balón rodando. Es el triunfo absoluto del “y si sí”, ese conjuro nacional que nos hace creer que hoy, por fin, las leyes de la gravedad y la historia jugarán a nuestro favor. Porque el aficionado no va al estadio a confirmar estadísticas; va a comulgar en la gran iglesia del milagro improbable. Y cuando la deidad del pasto nos da la espalda, el llanto es genuino, el moco tendido es un acto de contrición y el dolor es, sin lugar a dudas, nuestra ofrenda mayor. Lloramos con una elegancia que ya quisieran los griegos en sus mejores tragedias.
¿A qué hora decidimos que el fracaso deportivo era la única derrota que merecía nuestra indignación coreografiada? No lo sé, pero el desmadre organizado es francamente irresistible. El estadio es nuestro último refugio de pertenencia, la patria portátil que huele a cerveza tibia, a sudor sagrado y a sopa instantánea. Allí, el grito desgarrador por un fuera de lugar mal marcado nos unifica con una eficacia que ya quisiera cualquier decreto presidencial. Admiro profundamente esa pasión desbordada, esa lealtad kamikaze a una camiseta que siempre promete el cielo y religiosamente nos entrega el purgatorio. Es una vocación para el martirio verdaderamente poética. ¿En qué otro lugar del país podríamos mentar madres al unísono con el desconocido de al lado y sentir que, por noventa minutos, somos hermanos de sangre?
Pero la poesía tiene sus límites, y el asfalto siempre termina por cobrarnos la cuenta. Mientras las avenidas se inundan de plañideras lamentando el golazo del delantero inglés, uno no puede evitar la punzada del sarcasmo. Lloramos a mares porque once millonarios en la cancha no pudieron empatar el marcador, pero, ¿en qué ventanilla gubernamental se tramita el permiso para normalizar la intemperie cotidiana? Pasamos del drama épico en los palcos a la docilidad absoluta en la avenida de los baches eternos y los semáforos fundidos.
¿Cómo es que nos coordinamos con rigor de relojero para inundar glorietas, bloquear calles enteras y exigir la renuncia de un director técnico, pero guardamos un silencio de piedra ante el abismo incesante de las desapariciones? El país es un inmenso campo de búsqueda donde las madres escarban la tierra con las uñas, enfrentándose a la burocracia de los ministerios públicos que siempre piden volver mañana. Mientras tanto, nosotros, aferrados a la butaca y con el rostro pintado de verde, exigimos a gritos que alguien rinda cuentas de inmediato por una mala sustitución en el segundo tiempo. La indignación nacional, por lo visto, es un artículo de súper lujo, y decidimos gastarlo todo en los tiempos extras.
Y luego están las nuevas generaciones, que siguen el mundial desde un teléfono con los datos contados, apretujados en un transporte público que avanza a vuelta de rueda. Jóvenes que heredan un país donde comprar una casa es un mito equiparable a El Dorado, y donde acceder a servicios básicos, tener agua en la llave o aspirar a un retiro digno es un deporte de alto riesgo. Para ellos, el “y si sí” no aplica al momento de pagar la renta o buscar un contrato que no sea una burla con jornadas de doce horas. Pero nada de eso importa, porque hoy lo urgente, lo verdaderamente insoportable para la república, es que no pasamos a la siguiente ronda. ¿A qué santo le rezamos cuando el milagro es un pase a cuartos de final y no la simple garantía de llegar vivo y con quincena a fin de mes? ¿Quién nos convence de que el verdadero desastre es una tarjeta roja y no el sueldo mínimo?
Nadie en su sano juicio diría que el fútbol es el enemigo. Sería una necedad negar el portento cívico que representa esa marea verde vibrando al unísono en las gradas. Al contrario, ojalá le pusiéramos la misma enjundia ciudadana a la vida real que a la defensa del área chica. Ojalá el sentido de urgencia por recuperar el honor no se apagara en cuanto se apagan las luces del estadio y nos enfrentamos al recibo del gas. Somos una sociedad de multitudes feroces y ciudadanos distraídos, expertos consumados en el arte de la devoción efímera. Somos capaces de paralizar la capital por un penal dudoso, pero incapaces de inmutarnos ante el desmantelamiento paulatino de nuestro futuro.
El Mundial seguirá su curso en nuestra casa sin nosotros. Los ingleses avanzarán a pasos firmes, asoleándose en nuestras playas, mientras aquí ahogamos la cruda de la eliminación con memes, tacos y resignación festiva. Pronto, muy pronto, encontraremos otra excusa para el abrazo colectivo y la mentada de madre coral, porque si algo nos sobra es ingenio para el consuelo rápido. Mientras tanto, allá afuera, más allá de las taquillas y los torniquetes, la realidad nacional sigue su marcha implacable, invicta y por goleada, esperando a ver qué día le toca a ella que, de puro milagro, también le llenemos un estadio.

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