Los nuevos aristócratas: el problema no es la riqueza, es elprivilegio

Las coronas desaparecieron. Los privilegios aprendieron a
disfrazarse.
Por: Ana Gabriela Núñez
Abogada y lideresa empresarial
Durante años nos han repetido una idea que se ha vuelto casi incuestionable: los
empresarios son la nueva aristocracia. Cada crisis económica, cada debate sobre
desigualdad y cada discusión sobre riqueza parece desembocar en la misma conclusión: el
capitalismo ha creado una élite que concentra cada vez más poder.
Es una narrativa atractiva.
También es incompleta.
La historia demuestra algo distinto.
Los verdaderos aristócratas nunca fueron quienes compitieron.
Fueron quienes lograron evitar la competencia.
La palabra aristocracia proviene del griego aristokratía, que significa “gobierno de los
mejores”. Sin embargo, con el paso de los siglos, el término dejó de asociarse con el mérito
y comenzó a vincularse con algo mucho más simple: privilegios hereditarios. En la Europa
medieval, el acceso al poder dependía del apellido, de la sangre y de la cercanía a la
corona. No importaba la innovación, la productividad o la capacidad de generar riqueza. Lo
importante era haber nacido dentro del círculo correcto.
Las revoluciones liberales de los siglos XVIII y XIX transformaron profundamente esa lógica.
La Revolución Americana, la Revolución Francesa y la expansión de las economías de
mercado introdujeron una idea radical para su tiempo: la posibilidad de ascenso social
basada en el esfuerzo, la innovación y la capacidad individual.
Por supuesto, la historia nunca fue perfecta. Las desigualdades persistieron y las
oportunidades continuaron distribuyéndose de manera desigual. Pero las economías
abiertas incorporaron un elemento que las aristocracias tradicionales jamás permitieron:
movilidad.
Por primera vez, el origen dejó de ser una sentencia absoluta.
Un individuo podía nacer fuera de las élites tradicionales y, aun así, construir patrimonio,
crear empresas, transformar industrias y competir por espacios de influencia que durante
siglos habían estado reservados para unos cuantos.
La historia empresarial moderna está llena de ejemplos. Desde Henry Ford revolucionando
la producción industrial hasta Steve Jobs redefiniendo la tecnología de consumo. Desde
Sam Walton construyendo Walmart desde una pequeña tienda en Arkansas hasta miles de
emprendedores que comenzaron sin fortuna heredada y terminaron transformando
mercados enteros.
Por eso resulta paradójico que hoy muchas personas identifiquen automáticamente la
riqueza con la aristocracia.
La riqueza no convierte a alguien en aristócrata.
El privilegio protegido sí.
Existe una diferencia fundamental entre quien acumula éxito compitiendo en un entorno
abierto y quien conserva poder impidiendo que otros compitan.
Y es precisamente ahí donde aparece la verdadera aristocracia del siglo XXI.
Los nuevos privilegios rara vez se presentan con coronas, castillos o títulos nobiliarios. Son
mucho más sofisticados. Se esconden detrás de regulaciones diseñadas para bloquear
nuevos participantes, estructuras burocráticas que dificultan la innovación, barreras
artificiales de entrada, monopolios protegidos, redes de influencia política y sistemas que
premian la cercanía al poder por encima de la creación de valor.
Este fenómeno es lo que podríamos llamar capitalismo de acceso.
No se trata de libre mercado.
Se trata de acceso preferencial.
Es un sistema donde el éxito depende menos de satisfacer consumidores y más de obtener
favores regulatorios, contratos privilegiados, protecciones especiales o una entrada
exclusiva a los espacios donde se toman las decisiones públicas.
Mientras el empresario auténtico enfrenta diariamente el riesgo de fracasar, el beneficiario
del capitalismo de acceso busca eliminar ese riesgo mediante protección institucional.
Un emprendedor puede perder todo en una mala decisión.
Un inversionista puede equivocarse.
Una empresa puede quebrar.
La aristocracia moderna busca que eso nunca ocurra dentro de su círculo.
La evidencia internacional es contundente. Según datos del Banco Mundial, la pobreza
extrema mundial se redujo de manera drástica desde principios de la década de 1990,
representando una de las mayores transformaciones sociales de la historia moderna.
Diversos estudios atribuyen este avance a una combinación de crecimiento económico,
apertura comercial, inversión privada, mejoras tecnológicas y expansión de mercados.
Esto no significa que el capitalismo sea perfecto.
Significa que, hasta ahora, ningún otro sistema ha demostrado una capacidad comparable
para generar prosperidad, innovación y movilidad social a gran escala.
El verdadero riesgo surge cuando la competencia comienza a desaparecer.
Y esa amenaza no proviene necesariamente de quienes crean riqueza.
Proviene de quienes utilizan el poder para cerrar puertas.
En México conocemos bien este fenómeno.
Diversos estudios sobre movilidad social muestran que el origen socioeconómico continúa
siendo uno de los factores más determinantes para las oportunidades futuras. Nacer en
determinados contextos sigue influyendo significativamente en el acceso a educación,
patrimonio, redes profesionales e ingresos. En otras palabras, la igualdad ante la ley existe,
pero la igualdad de oportunidades sigue siendo una tarea pendiente.
Cuando eso ocurre, la movilidad social deja de ser una regla y se convierte en una
excepción.
Ese modelo no fortalece al capitalismo.
Lo debilita.
Porque el capitalismo auténtico no consiste en proteger a los poderosos.
Consiste en permitir que cualquier persona, mediante talento, trabajo, disciplina e
innovación, pueda competir con ellos.
La competencia es, probablemente, el principio más democrático de una economía libre.
Cuando existe competencia real, una empresa pequeña puede desplazar a una corporación
más grande. Un innovador puede transformar una industria completa. Una persona nacida
lejos de los centros tradicionales de poder puede construir una organización capaz de
cambiar mercados enteros.
Eso es precisamente lo que las aristocracias históricas intentaban evitar.
Y es exactamente lo que los privilegiados modernos siguen intentando evitar hoy.
Por eso la discusión de nuestro tiempo no debería centrarse exclusivamente en la
existencia de ricos o pobres.
La pregunta verdaderamente importante es otra:
¿Nuestra sociedad premia la creación de valor o premia la cercanía al poder?
Porque cuando el éxito depende del talento, el esfuerzo, la innovación y la capacidad de
asumir riesgos, hablamos de una economía dinámica.
Pero cuando el éxito depende de conexiones, privilegios heredados, regulaciones
diseñadas para proteger intereses particulares o pases exclusivos a los espacios de
decisión, hablamos de una aristocracia.
Aunque ya no utilice coronas.
México necesita más emprendedores, más innovadores, más inversionistas y más personas
dispuestas a arriesgar su capital para crear valor.
Lo que necesita menos son sistemas que limiten la competencia y conviertan el acceso
privilegiado en una ventaja permanente.
Las aristocracias del pasado heredaban títulos.
Las del presente heredan accesos.
Acceso a contratos.
Acceso a regulaciones favorables.
Acceso a redes de influencia.
Acceso a posiciones de poder.
Y las del futuro heredarán oportunidades.
Por eso la discusión no debería ser cómo castigar el éxito, sino cómo impedir que los
privilegios sustituyan al mérito.
Porque una sociedad donde cualquiera puede hacerse rico es una economía abierta.
Una sociedad donde sólo los hijos de los ricos pueden hacerse ricos vuelve a ser una
aristocracia.
Porque cuando los contactos valen más que el talento, la competencia deja de existir.
Y cuando la competencia desaparece, la aristocracia regresa.
Aunque ya no utilice coronas.

1 comentario en “Los nuevos aristócratas: el problema no es la riqueza, es elprivilegio”

  1. Adolfo Rivero-Müller

    El título de tu artículo es muy interesante y cierto.

    Pero después, quieres pasarnos la idea que el ‘capitalismo’ fue el creador del ascenso social. Algo que no es cierto. Los empresarios, comúnmente asociados a círculos de poder, no vacilaban (ni vacilan) en explotar a los trabajadores, aún a infantes. Fueron en realidad los movimientos de izquierda los que lucharon por la educación universal, por los derechos laborales, por los derechos de las mujeres, etc.
    Tus ejemplos (Ford, Jobs, Walton) parecen salidos de una película sobre cómo ‘cualquiera’ trabajando arduamente puede salir de la pobreza. Pero dime, dentro de este sistema que tanto defiendes ¿Cuántos ejemplos de negros o indígenas conoces? Especialmente mujeres. De todos los ultra-millonarios de ahora, ¿alguno que no, en tus propias palabras, haya ‘nacido dentro del círculo correcto’?
    Entonces 3 o 4 ejemplos son la excepción no la regla.

    El capitalismo, especialmente el neoliberalismo, solo crea más diferencias sociales, no menos, apoya a el elitismo, clasismo, racismo y auto-proteccionismo – algo que sí mencionas parcialmente.

    Pero luego dices “Esto no significa que el capitalismo sea perfecto. Significa que, hasta ahora, ningún otro sistema ha demostrado una capacidad comparable para generar prosperidad, innovación y movilidad social a gran escala.” Que es algo raro de decir, porque China ha sacado más personas de la pobreza (>700 millones) con un sistema no capitalista (internamente) y ha sobrepasado a todos los demás en ciencia y tecnología. En Brasil y México han sido los gobiernos progresistas quienes han sacado a decenas de millones de la pobreza.

    Para finalizar. Los de izquierda no estamos en contra del comercio, siempre se haga con reglas claras, con verdadera igualdad de oportunidades, pero más importante donde haya una responsabilidad social, para que las ganancias se usen para crear más oportunidades, mejor educación, más justicia social y más bienestar para todos.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *