

“La patria dejó de ser un monumento intocable para convertirse en un producto de licencia oficial altamente rentable”.
Septiembre irrumpe en el calendario nacional con la terquedad comercial del papel picado que sobrevive a las primeras tormentas de otoño. La metrópoli se disfraza de un patriotismo automático que huele a aceite quemado y pólvora. En mi memoria el mes de la patria siempre inaugura su solemnidad en el patio cuarteado de la escuela primaria bajo el sol inclemente de los lunes cívicos. Los honores a la bandera funcionaban como ese rito de burocracia infantil donde jurábamos lealtad inquebrantable a los símbolos patrios mientras el director leía efemérides redactadas en un lenguaje francamente incomprensible. Repetíamos los apellidos de los libertadores con la misma devoción mecánica con la que memorizábamos las montañas más altas del mundo o las capitales de los estados. Un desfile escolar de estatuas de bronce de caudillos con miradas severas cuya trascendencia histórica jamás logramos interiorizar porque la monografía biográfica apenas nos exigía recortar sus rostros para pegarlos en el cuaderno de ciencias sociales. Aquella solemnidad oficialista se quedaba en un letargo obligatorio. La historia oficial nos demandaba un respeto petrificado que las nuevas juventudes dotadas de una irreverencia sumamente saludable, decidieron archivar en la papelera de reciclaje.
Nuestra identidad ya no se conjuga en el heroísmo del siglo diecinueve. Observo el fenómeno en las plazas comerciales donde los adolescentes asumen su mexicanidad con un pragmatismo veloz ajeno por completo a la nostalgia moralina de quienes añoran los viejos discursos de plaza pública. El panteón de nuestros semidioses, ha experimentado una remodelación drástica. Ya nadie busca a un cadete dispuesto a arrojarse al precipicio envuelto en tela tricolor para confirmar que la nación resiste los embates del extranjero. Ese mártir inalcanzable dejó su nicho vacante para cederle el lugar a ídolos de consumo global que otorgan redenciones de fin de semana. Pienso inevitablemente en Armando “La hormiga” González. Al verlo debutar en su primer mundial corriendo por la cancha con la urgencia de quien busca burlar el destino periférico del tercer mundo, uno entiende que estamos frente a la encarnación exacta del nuevo Niño Héroe de la posmodernidad. Su traspaso millonario al balompié de Europa certifica su santidad laica. Para el muchacho que lo mira desde la pantalla del celular la hazaña de exportar el talento nacional pesa muchísimo más en la balanza del orgullo que cualquier batalla ganada a los franceses. El ídolo deportivo ofrece una catarsis palpable que se convierte en un triunfo mercantilizado donde el país entero goza el ascenso de uno de los suyos como si fuera propio.
Esta mercantilización del orgullo rediseña también nuestro guardarropa patriótico. El desplazamiento del folclore tradicional es tan evidente que resulta ocioso lamentarlo. Aquellos elaborados trajes de charro de botonadura rutilante o los pesados vestidos de adelita que las madres obligaban a usar a sus hijas en las kermeses escolares han sufrido una metamorfosis irreversible. Hoy la indumentaria patriótica por excelencia es la playera oficial de la selección nacional mexicana. No importa que sea la edición verde tradicional o ese diseño negro alternativo que las marcas deportivas imponen por pura voracidad financiera; ponérsela es el máximo acto de comunión cívica. La camiseta de poliéster absorbe el sudor de la identidad contemporánea. La usamos religiosamente para trabajar en la oficina con total impunidad o simplemente para salir a cenar unos buenos tacos de suadero durante la madrugada. Es el uniforme de una mexicanidad plastificada que resulta mucho más democrática en su uso empírico que cualquier indumentaria surgida de las profundidades de la Revolución. Acepto este cambio con una fascinación genuina porque demuestra la elasticidad de nuestros mitos. La patria dejó de ser un monumento intocable para convertirse en un producto de licencia oficial altamente rentable. Es un artículo de piratería de alta gama que todos podemos lucir sin tener que montar a caballo.
Y si la vestimenta mutó hacia la cultura del estadio la banda sonora del orgullo nacional protagonizó un asalto a mano armada contra los algoritmos del mundo entero. Hace apenas un par de décadas los géneros musicales regionales operaban exclusivamente como esa cuota sonora folclórica que la clase media soportaba por obligación la noche del quince de septiembre. El mariachi o la banda sinaloense eran vistos como expresiones que debían permanecer confinadas a la verbena del pueblo. Hoy la realidad acústica nos abofetea con un éxito desmesurado. Los corridos tumbados y la música norteña moderna lideran de forma hegemónica las listas globales de reproducción en Spotify durante los doce meses del año. Los adolescentes de Seúl o los universitarios de Madrid balbucean letras sobre pacas de billetes sintiendo una conexión exótica con un México que se exporta mediante bajos sextos mezclados con ritmos urbanos. Este triunfo musical global despojó a la música regional de su tufo a museo etnográfico para inyectarle una vitalidad obscena capaz de generar un poder económico que ridiculiza a las viejas élites culturales.
Nos enfrentamos a un país que asimila su propia caricatura para sobrevivir dignamente. El orgullo patrio descartó la solemnidad oficial porque encontró un refugio sumamente honesto en la cultura de masas. No existe tragedia alguna en abandonar a los héroes inanimados cuando los nuevos referentes logran que las juventudes sientan algo genuinamente vibrante. La patria contemporánea ya no exige mártires derramando sangre; ahora solo demanda fervorosos consumidores leales dispuestos a pagar la mensualidad del streaming.
