Tu sistema nervioso también necesita cuidado: claves para regularte emocionalmente

Comprender cómo funciona tu cuerpo puede ser el primer paso para recuperar la calma.

Por Odilia Sandoval, experta en Autocuidado Consciente con Mindfulness Aplicado y Metodologías Vivenciales.

Vivir en alerta permanente no es fortaleza, es agotamiento acumulado.

¿Alguna vez has sentido que reaccionas antes de pensar? ¿Que tu corazón se acelera, tu respiración cambia y tu mente comienza a imaginar los peores escenarios, aun cuando no existe un peligro real?

Muchas personas creen que eso significa que son demasiado sensibles o que no saben manejar sus emociones. Sin embargo, la explicación suele ser mucho más sencilla y, al mismo tiempo, fascinante: tu sistema nervioso está haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñado: protegerte.

El problema aparece cuando permanece en estado de alerta durante demasiado tiempo.

Vivimos en una sociedad donde el estrés se ha normalizado. Contestamos mensajes mientras trabajamos, comemos frente a una pantalla, resolvemos varios asuntos al mismo tiempo y rara vez hacemos una pausa para preguntarnos cómo nos sentimos.

Con el paso de los días, nuestro organismo deja de distinguir entre una amenaza real y las preocupaciones cotidianas. Es entonces cuando el cuerpo comienza a vivir como si estuviera apagando incendios que nunca terminan.

Desde mi experiencia acompañando procesos de autocuidado consciente, he comprobado que muchas personas dejan de culparse cuando entienden cómo funciona su sistema nervioso. Comprenderlo nos permite dejar de luchar contra nuestro cuerpo para empezar a colaborar con él.

Tu cuerpo tiene un acelerador… y también un freno

Imagina que tu cuerpo funciona como un automóvil.

Tiene un acelerador, que te ayuda a reaccionar cuando necesitas actuar con rapidez, y también un freno, que te permite disminuir la velocidad, descansar y recuperarte.

Eso es, de forma sencilla, lo que hacen dos grandes protagonistas de nuestro sistema nervioso.

El sistema nervioso simpático funciona como el acelerador. Se activa cuando percibe un desafío o una amenaza. Gracias a él aumenta la frecuencia del corazón, la respiración se vuelve más rápida, los músculos se preparan para actuar y la atención se concentra en resolver el problema.

Es una respuesta extraordinaria cuando realmente la necesitamos. El inconveniente es que nuestro cerebro no distingue fácilmente entre un león frente a nosotros y un correo urgente, una discusión familiar o una agenda saturada. Para el organismo, todo puede interpretarse como una señal de peligro.

Por otro lado, el sistema nervioso parasimpático actúa como el freno. Es el encargado de ayudar al cuerpo a recuperar la calma, disminuir la tensión, favorecer la digestión, reparar tejidos y permitir un descanso profundo.

Podríamos decir que uno nos ayuda a sobrevivir y el otro nos ayuda a vivir.

El bienestar emocional depende del equilibrio entre ambos.

¿Qué ocurre cuando vivimos con el acelerador siempre encendido?

Muchas mujeres con las que trabajo describen una sensación muy parecida:

“Siento que nunca descanso realmente.”

Aunque logren terminar sus actividades, su mente continúa haciendo listas, anticipando problemas o recordando pendientes.

Poco a poco aparecen señales que solemos minimizar:

Cansancio constante.

Insomnio o sueño poco reparador.

Dolores musculares.

Irritabilidad.

Problemas digestivos.

Dificultad para concentrarse.

Sensación de estar siempre “a punto de explotar”.

No son signos de debilidad.

Son la forma en que el cuerpo intenta decirnos que necesita recuperar el equilibrio.

El sistema nervioso no fue diseñado para permanecer en alerta las veinticuatro horas del día.

Necesita momentos de recuperación del mismo modo que los músculos necesitan descanso después del ejercicio.

Regularse no significa evitar las emociones

Existe una idea equivocada sobre la regulación emocional: pensar que consiste en dejar de sentir.

Nada más lejos de la realidad. Regular nuestras emociones significa aprender a atravesarlas sin que ellas conduzcan completamente nuestras decisiones.

Podemos sentir miedo sin paralizarnos.

Podemos experimentar enojo sin lastimar a quienes amamos.

Podemos sentir tristeza sin perder la esperanza.

Cuando el sistema nervioso encuentra mayor equilibrio, también aumenta nuestra capacidad para responder con claridad en lugar de reaccionar impulsivamente.

Por eso me gusta decir que la regulación emocional comienza mucho antes de la emoción.

Comienza en el cuerpo.

Tres formas sencillas de ayudar a tu sistema nervioso

La buena noticia es que nuestro sistema nervioso aprende. Y pequeños hábitos cotidianos pueden enviarle un mensaje muy poderoso: “estás a salvo”.

1. Respira de forma consciente. La respiración lenta y profunda es una de las maneras más eficaces de activar el “freno” natural del organismo.

2. Haz pausas durante el día. No esperes a sentirte completamente agotada para detenerte. Levántate, estira el cuerpo, mira por una ventana o simplemente permanece unos instantes sin revisar el teléfono.

3. Practica mindfulness. La atención plena nos enseña a regresar al momento presente. Cuando observamos nuestras sensaciones, pensamientos y emociones sin juzgarlos, el sistema nervioso recibe un mensaje de estabilidad.

Mi reflexión personal

A lo largo de mi vida profesional he aprendido que muchas personas creen que necesitan ser más fuertes, cuando en realidad lo que necesitan es ser más amables consigo mismas.

Nos exigimos funcionar como si fuéramos máquinas.

Pero nuestro cuerpo no trabaja bajo esa lógica.

Necesita descanso.

Necesita respiración.

Necesita silencio.

Necesita momentos donde no tenga que defenderse de nada.

El autocuidado no consiste únicamente en alimentarnos mejor o hacer ejercicio.

También implica crear las condiciones para que nuestro sistema nervioso recuerde cómo se siente vivir en calma.

Y esa, desde mi perspectiva, es una de las formas más profundas de compasión hacia nosotros mismos.

Conclusión: aprender a escuchar el lenguaje del cuerpo

Durante años buscamos respuestas únicamente en nuestra mente.

Sin embargo, el cuerpo llevaba mucho tiempo intentando hablarnos.

Cada respiración acelerada, cada noche de insomnio y cada tensión muscular pueden convertirse en una invitación para detenernos y preguntarnos:

¿Qué necesita hoy mi sistema nervioso para sentirse seguro?

Cuando comenzamos a escuchar esa respuesta, dejamos de vivir reaccionando al mundo y empezamos a responder desde un lugar más consciente.

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