

Gritos, trajes y la doble vara de medir a las mujeres en el poder
Cada septiembre, entre balcones adornados y gritos de independencia, se repite un ritual que dice más de nuestra cultura política de lo que queremos admitir. Mientras a los hombres en el poder se les mide por su oratoria o sus acuerdos de gabinete, a las mujeres se les somete a un tribunal estético implacable donde se analiza cada puntada, cada peinado, cada gesto. Criticar la vestimenta de una alcaldesa o gobernadora bajo la excusa de la “moral patriota” no es periodismo ni opinión: es violencia política de género disfrazada de costumbrismo.
El banquillo de los acusados
Ningún gobernador ha tenido que explicar por qué eligió un traje sastre para dar el Grito. Nadie cuestiona el corte, el color, si el diseñador es mexicano o extranjero. Su guardarropa es, simplemente, invisible. En cambio, cuando una mujer ocupa ese mismo balcón, su atuendo se convierte en noticia por sí solo: que si el huipil era “suficientemente mexicano”, que si el vestido resultó “demasiado moderno” o “demasiado costoso”. El resultado es perverso: el guardarropa de un hombre es neutral, mientras que el de una mujer en la política se trata como un manifiesto público que la sociedad cree tener derecho a juzgar, e incluso a sancionar.
Es, en el fondo, un juicio sin garantías: se le acusa, se le sentencia en la opinión pública, y nunca se le concede el derecho a que su gestión —no su guardarropa— sea la prueba principal. Y como en todo juicio sumario, la condena llega antes que la evidencia: basta una fotografía mal encuadrada o un color “poco patrio” para que el veredicto se emita en cuestión de horas, mientras que un análisis serio de su desempeño puede tardar meses en aparecer, si es que aparece.
La domesticación de la figura pública
Las fechas patrias tienen, además, un efecto particular: exigen que las mujeres encajen en arquetipos muy específicos. La madre de la patria. La abnegada. La decorativa. Roles cómodos, predecibles, que no incomodan a nadie. El problema aparece cuando una mujer se sale de ese guion: cuando muestra carácter firme, ambición política explícita o un liderazgo vertical que no pide permiso.
El sistema tolera a las mujeres con poder siempre y cuando no incomoden. Y en septiembre, el folclor se convierte en una herramienta conveniente para folklorizar su figura pública, reduciéndola a una estampa festiva en lugar de reconocerla como lo que es: una autoridad con responsabilidades reales y peso político genuino.
Esta domesticación no es exclusiva de la política electoral. La vemos también en el sector empresarial y en organizaciones civiles, donde a las mujeres al frente se les celebra mientras “inspiran” o “acompañan”, pero se les cuestiona en cuanto deciden, negocian o exigen resultados con firmeza. La ambición, cuando la porta un hombre, se llama liderazgo; cuando la porta una mujer, con frecuencia se llama “carácter difícil”.
La violencia estética disfrazada de crítica de estilo
Ese comentario político que reduce la gestión de una funcionaria a notas de sociales no es inocente: es una estrategia, consciente o no, para desviar la atención de lo que realmente merece escrutinio —resultados, presupuesto, capacidad de decisión— y regresarla al espacio seguro de la imagen. Ese espacio donde, históricamente, se ha querido mantener a las mujeres: bonitas, calladas, decorativas.
Basta pensar en cuántas notas de “trascendidos” dedicadas a una gobernadora hablan de su vestuario, frente a cuántas analizan su presupuesto de seguridad o su gabinete. La proporción, por sí sola, ya es una forma de violencia simbólica. Y esta violencia tiene un efecto disuasivo silencioso: cuántas mujeres capaces evitan la vida pública precisamente porque saben que su competencia técnica pesará menos que el escrutinio a su apariencia.
El verdadero grito que nos urge
Cada 15 de septiembre gritamos “¡Viva México!” desde los balcones, evocando una independencia que se conquistó hace más de dos siglos. Pero ese grito suena hueco si la vida pública sigue sin conquistar una independencia mucho más urgente: la de liberarse de los prejuicios machistas que continúan juzgando a las mujeres por su apariencia y no por su capacidad de gobernar.
No se trata de exigir que dejemos de hablar de vestimenta o tradición; se trata de exigir simetría. Que el escrutinio, cuando exista, sea el mismo para todos los balcones, sin importar quién los ocupe. Que la crítica política se dirija a las decisiones y no a los hilos del huipil.
México necesita mujeres al frente de sus gobiernos, sus empresas y sus instituciones. Pero necesita, sobre todo, una sociedad capaz de verlas como lo que son: tomadoras de decisiones, no maniquíes. Ese es el verdadero grito que nos urge dar, uno que no se agote en una noche de fiesta, sino que se sostenga los 365 días del año.
Caminemos juntos, un paso a la vez.
Ana Gabriela Núñez H
Presidenta de Jóvenes ASECEM, abogada y analista joven
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